Fernando Savater
Fernando Savater

La intervención de Cataluña

Cuentan que en cierta ocasión el reputado filósofo catalán Ferrater Mora, que trabajaba como profesor en USA, visitó a Jordi Pujol a requerimiento de éste

El presidente le preguntó por la opinión que tenían los yanquis de Cataluña y Ferrater repuso que lo ignoraban todo de la región, empezando por su mera existencia. Preocupado, Pujol dijo que algo había que hacer para dar a conocer a los americanos la presencia en el universo de Cataluña, y Ferrater, socarrón, apuntó: “hombre, un terremoto podría ayudar...”. Ahora cierto terremoto político está ayudando a dar a conocer a Cataluña en Europa y América, aunque desde luego no del mejor modo posible. Si en la propia España hay mucha gente que no comprende el conflicto catalán, imaginen ustedes lo que puede llegar a entenderse en países extranjeros y menos familiarizados con nuestros dimes y diretes. Es significativo a este respecto que uno de los personajes extranjeros que apoya la independencia de Cataluña es el revoltoso hacker narcisista Julian Assange, para quien España quiere abusar de Cataluña como don Quijote se aprovechaba (?) de su escudero, llamado según él... ¡Pancho Sánchez!

En realidad, lo que cuesta comprender tanto fuera como dentro es que las democracias modernas no están formadas por territorios ni por clanes étnicos, sino por ciudadanos libres e iguales. Por decirlo más provocativamente, desde el punto de vista de la soberanía democrática no existen Cataluña ni los catalanes, así como tampoco Castilla y los castellanos, etc. Ningún Estado democrático actual está formado por fracciones territoriales con derechos distintos a los del conjunto de los ciudadanos. Si decimos que los ciudadanos son iguales a despecho de sus diferentes sexos, etnias, preferencias eróticas o estéticas, creencias, etc., no es porque ignoremos que existen varones y mujeres, negros y blancos, creyentes y ateos, etc. Pero esas determinaciones, por relevantes que sean en lo personal, no condicionan la identidad política de cada socio de la democracia, que está por encima de ellas y es igual para todos. Lo mismo ocurre con la pertenencia a tal o cual territorio del país, por nacimiento, domicilio o elección cultural. Sin duda hay personas que preguntadas por esta característica de sus vidas se definirán como catalanes, vascos, extremeños... o mestizos de varias, que son los más frecuentes. Pero lo mismo que no admitimos que sobre asuntos que afectan a todos puedan decidir sólo los blancos, o las mujeres, o los católicos, tampoco puede admitirse que esas cuestiones puedan decidirlas por separado los catalanes o los andaluces. El derecho a decidir es el poder de participación democrática que tienen todos los ciudadanos, no una herramienta de la que gozan algunos para prohibir que en ciertos temas intervengan los demás.

Nada de esto parece demasiado difícil de entender, salvo que uno abandone el método racional y se entregue al entusiasmo de sus prejuicios. Entonces los racistas negarán el voto a la gente de color “porque es inferior”, los mahometanos rechazarán los derechos ciudadanos de los cristianos porque son infieles, y los nacionalistas catalanes excluirán al resto de los españoles del derecho a decidir en Cataluña que preconizan porque creen que esa parte del país de todos les pertenece en exclusiva. Ni más ni menos.

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