Fernando Savater
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La verdad ¿de verdad importa?

A partir de las descaradas reivindicaciones por parte de la administración Trump de unas “verdades alternativas” que pueden sustituir ventajosamente a las que vienen certificadas por los hechos, el tema de la importancia de la verdad, sobre todo en el terreno político, se ha convertido en una preocupación generalizada.

A partir de las descaradas reivindicaciones por parte de la administración Trump de unas “verdades alternativas” que pueden sustituir ventajosamente a las que vienen certificadas por los hechos, el tema de la importancia de la verdad, sobre todo en el terreno político, se ha convertido en una preocupación generalizada.

Los académicos de Oxford han llegado a declarar la palabra “posverdad”, de significado parecido a las verdades alternativas trumpianas, como palabra del año. Pero la cuestión más relevante no consiste en saber qué es la verdad y distinguirla de sus sucedáneos fraudulentos, sino en establecer si la verdad nos importa realmente o no.

Es indudable que si los datos que transmiten los aparatos de vuelo de un avión son erróneos (o sea, no son verdad), no se producirá un aterrizaje correcto sino una catástrofe. Pero... ¿es tan necesaria la verdad en otros campos, por ejemplo para gobernar un país? O por decirlo de un mo-do aún más clásico: ¿nos hace libres la verdad?

En su espléndido ensayo Verdad y política, Hannah Arendt señala que “la mentira siempre ha sido vista como una herramienta necesaria y justificable para la actividad no solo de los políticos y los demagogos sino también del hombre de Estado”. En el terreno de los hechos (dejemos a un lado la razón teórica con sus verdades analíticas geométricas o filosóficas), la verdad es inamovible pero podemos imaginar que podría haber ocurrido de otro modo. Precisamente el primer paso del hombre de acción -los políticos lo son o deben serlo- es imaginar realidades alternativas a la existente, de modo que la capacidad de mentir y mentirse forma parte de su kit profesional. Na-turalmente, reconocer la verdad también es políticamente básico, aunque su carácter coactivo disguste a quienes anhelan manos libres para transformar lo dado.

Solo hay dos campos de lo público, dice Arendt, donde “contrariamente a todas las normas políticas, la verdad y la veracidad siempre han constituido el criterio más elevado del discurso y del empeño”. Son las instituciones judiciales y las instituciones “de enseñanza superior” (yo diría “de enseñanza” sin más). Es fundamental que dichos ámbitos no se encuentren sometidos a los propósitos del poder ejecutivo y sus frecuentes mentiras por conveniencia. Puede que una cierta dosis de falsedad voluntaria sea necesaria incluso para los hombres de Estado más irreprochables, según apunta Arendt, pero es seguro que no puede haber una política cuerda que prescinda completamente de la verdad, porque la verdad es la voz de lo real y la realidad puede temporalmente encubrirse pero no desconocerse permanentemente. Las famosas palabras de Abraham Lincoln (un político que supo llegado el caso hacer un sabio uso de la mentira) en Gettysburg sobre la imposibilidad de engañar a todos -incluido uno mismo- todo el tiempo van en esta dirección.

Arendt pone a resguardo de la mentira por cuestión de Estado a los jueces y los maestros porque actúan en campos en los que si se somete la verdad al poder puede salvarse en algún trance al gobierno, pero se pierde definitivamente la legitimidad democrática. ¿Por qué será que los populismos abiertos o encubiertos que conocemos hagan del control de tribunales y aulas el primero de sus objetivos?

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