Fernando Savater
Fernando Savater

La Europa de Macron

En mi particular mitología, indefendible pero gratificante como cualquier otra, ha habido épocas inglesas y épocas francesas.

En mi particular mitología, indefendible pero gratificante como cualquier otra, ha habido épocas inglesas y épocas francesas.

Mis deidades inglesas eran individualistas aunque cívicas, poco caritativas pero celosas defensoras de lo justo, austeras y sobre todo intransigentes con lo que transgredía los límites de las libertades personales. Cuando entraba en la era francesa, mis dioses -y diosas, especialmente- formaban escuadrones para conquistar las libertades colectivas amenazadas por los abusos aristocráticos que bendecía el pío charlatanismo eclesial. Este panteón al modo gálico celebraba los estandartes ensangrentados pero también los tournedos saignants, el vino de buena cosecha y los placeres de un lecho pecaminosamente compartido. Mi veneración iba y venía entre ambas cofradías sacras, pero daba por descontado que coincidían siempre en la defensa de lo que yo tanto aprecio, la Europa múltiple y universal de la filosofía, el arte, la ciencia y los derechos humanos.

Últimamente los feos entresijos populistas que ha revelado el Brexit han enfriado bastante mi devoción anglosajona. Pero el ascenso de la candidatura abominable de Marine Le Pen y los panegíricos del francés “de pura cepa” en boca de intelectuales que hasta ahora tenía por maestros, hizo muy difícil que me entregara sin más al culto opuesto. ¿Dónde quedaba Europa, mi Europa, desguarnecida por sus paladines? Entonces se abrió paso la opción electoral de Emmanuel Macron, que viene del socialismo pero ha creado un movimiento, En Mârche, con un perfil propio cuya imprecisión inicial va ganando nitidez gradualmente, con la elección de colaboradores y ciertos gestos significativos. Macron es sin duda una personalidad muy francesa, un joven héroe de la política, pero que no revela fragilidad sino experiencia en el campo más arduo, la economía. Capaz de citar a los clásicos literarios de memoria y de adivinar en una cata a ciegas el terroir de tres buenos vinos. Aún más, incluso carga en su haber una historia romántica de amoríos clandestinos con una mujer mayor que él, redimidos después con una matrimonio ejemplar. Macron está sin duda muy seguro de sí mismo, hasta cierta fanfarronería o -por decirlo en francés- panache, como demuestran sus comentados apretones de manos con un Donald Trump al que sin embargo, en lugar de desafiar, se ha permitido el lujo de “proteger” en su soledad europea... Y ha revelado una gran capacidad de atraer a quienes al principio dudaban de él, formando un nuevo partido de la nada en poco más de un mes. Sobre todo Macron se manifiesta como un europeísta convencido, crítico sin duda en muchos aspectos, pero no resignado sino lleno de empuje esperanzador. En la lánguida y zarandeada Unión Europea actual, su presencia es decididamente tonificante.

Sus críticos -también abundantes- le acusan de poseer un ideario muy vaporoso, más sostenido por su carisma que por argumentos sólidos. Pero me parece que hoy los partidos de la órbita socialdemócrata no necesitan un memorándum ideológico detallado, porque ya tienen varios, y los acontecimientos mundiales imprevisibles mandan, si no una personalidad creíble y querible que encabece los cambios necesarios. ¡Ojalá funcione!

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