EL PAIS

Sobre renuncias

El hecho político del sábado -la presentación de su renuncia a la Vicepresidencia de la República por parte de Raúl Sendic- promueve sin duda muchas reflexiones y sobre todo especulaciones sobre el nuevo escenario que se abre para la izquierda.

El hecho político del sábado -la presentación de su renuncia a la Vicepresidencia de la República por parte de Raúl Sendic- promueve sin duda muchas reflexiones y sobre todo especulaciones sobre el nuevo escenario que se abre para la izquierda.

Por eso vale la pena traer al presente dos ejemplos del siglo pasado a propósito, no ya de la renuncia de un vicepresidente, sino de primeros mandatarios en pleno ejercicio de sus funciones.

En abril de 1969, luego de perder un plebiscito sobre reformas regionales y del Senado, el presidente de Francia Charles de Gaulle renunció a su cargo y se retiró a escribir sus memorias. Entre las muchas responsabilidades que tuvo, figura la de haber sido el líder de las Fuerzas Armadas de la Francia Libre entre junio de 1940 y julio de 1944. De allí en más se proyectó como una figura política decisiva para la posguerra, no solo francesa sino europea. Antes de que se realizara aquel plebiscito había prometido que si perdía, renunciaba. Y lo hizo, luego de ejercer por diez años la primera magistratura de la V República que él había inaugurado como primer presidente. Su poder se había eclipsado, en especial después de los hechos de mayo del 68. Pero por tres décadas había marcado la vida de los franceses. No obstante, cuando sintió que su pueblo ya no lo acompañaba, prefirió dar un paso al costado.

Unos años después, el presidente de los Estados Unidos Richard. M. Nixon, que ocupó dos veces el cargo, renunció tras el llamado escándalo de Watergate. Había sido reelecto para un segundo mandato luego de aplastar en las elecciones al candidato demócrata George McGovern con más del 60% de los votos ciudadanos. Gozaba de una auténtica popularidad en su país porque había tenido algunos logros importantes, como terminar con la intervención estadounidense en Vietnam, traer a los prisioneros de guerra a suelo norteamericano y acabar con el servicio militar obligatorio. Sin embargo, dimitió como Presidente el 9 de agosto de 1974 para evitar un impeachment. Meses antes se había producido el espionaje de la sede central del Partido Demócrata en el edificio de oficinas Watergate. El 17 de junio de 1972 se destaparon las escuchas ilegales realizadas por hombres contratados por colaboradores del presidente. Todo eso fue descubierto y ventilado por los reporteros Bob Woodward y Carl Bernstein del Washington Post.

No se puede comparar ni extrapolar lo anterior a nuestro presente institucional. Renunciar, hasta este sábado, era un acto resistido por el vicepresidente, y hasta no llegar al borde del abismo ese gesto no estuvo en su horizonte político, ético y moral. Sin embargo -y a regañadientes- lo hizo. Todavía falta el procesamiento institucional de esa decisión con la intervención de la Asamblea General. Pero al menos, el escollo principal ha sido superado. Todo el asunto fue la crónica de una renuncia anunciada, porque no había espacio para otra salida. Como dijo una vez Raymond Chandler: “No hay trampa más mortífera que la que uno se prepara para sí mismo”. Algo que el renunciante sin duda pudo comprobar. Los dos ejemplos que cité más arriba ilustran cómo dos naciones civilizadas y democráticas procesaron en su momento estas traumáticas dimisiones. Y siguieron funcionando sin que el sistema crujiese o tuviera que prolongar en exceso la crisis que las determinaba. Ojalá tengamos la madurez cívica para afrontar esta inevitable renuncia y la República salga fortalecida.

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