Diego Fischer
Diego Fischer

Tres muertes que nos interpelan

Ya casi todo se ha dicho. 

Qué más puede uno agregar a lo que han generado en los últimos días los crímenes de Valentina, Brissa y —el fin de semana pasado— el de una niña de 8 años y su madre en Malvín Norte. En estos once meses de 2017, suman 27 las muertes de mujeres y niños producto de la violencia de género.

Según datos del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) publicados en la pasada jornada por El País, en los últimos cinco años, 108 niños y adolescentes fueron asesinados en Uruguay. De ellos, las tres cuartas partes eran varones. Unicef advirtió que las políticas están llegando tarde a detectar y atender a los niños y adolescentes víctimas de violencia, y que existen dificultades con respecto a la aplicación de la normativa para estos casos.

No es momento de alimentar la hoguera de indignación y bronca que estos casos han encendido en la sociedad uruguaya. Las cifras son elocuentes y aunque no lo fueran, una sola muerte sería suficiente para que todos los uruguayos nos rebeláramos ante la expresión más bárbara y miserable de la condición humana. No es momento de echar leña al fuego; pero sí de reflexionar y pensar en qué sociedad y en qué país estamos viviendo.

En estas horas se alzan voces que plantean soluciones radicales que van desde la reimplantación de la pena de muerte a la cadena perpetua, pasando por la aplicación de tratamientos químicos para los infanticidas y violadores.

Sin lugar a dudas, la solución debe ser radical, pero está en la educación y en la responsabilidad de cada uno de nosotros como ciudadanos. En ambos puntos y para que no quepan dudas, propongo que nos guiemos por las definiciones que brinda la Real Academia Española. Allí se considera a la educación como: la crianza, enseñanza y doctrina que se da a los niños y a los jóvenes, y por responsabilidad, a la obligación moral que tenemos ante nuestros actos.

Hablamos de la educación que se brinda en los centros de enseñanza, sin lugar a dudas, pero también la que se imparte o debería impartirse en los hogares. Puede sonar a utopía cuando un porcentaje elevado de los niños en el Uruguay de hoy nace y crece en hogares pobres y/o monoparentales. ¿Acaso no es la falta de educación la principal causa de la pobreza y la marginalidad?

Es cierto que Valentina, Brissa y la niña violada y asesinada junto a su madre en Malvín Norte, tenían familia y eran de clase trabajadora. En medio de tanto dolor resulta ejemplarizante la actitud del padre de Valentina, que a la salida del cementerio de Rivera pidió públicamente que "dejaran actuar a la justicia". No menos encomiable fue la actitud de la madre de Brissa, que solicitó que sacaran todos los lazos negros de las redes sociales y pidió respeto por una inocente que se fue dejando "una ausencia gigante, con una familia que la amó y la va a seguir amando".

¿Qué hacer entonces? Dejar actuar a la justicia, sin lugar a dudas. Pensar por qué y cómo nuestra sociedad genera y cobija a seres despreciables que violan y matan a niñas y mujeres. Y escuchar las voces que —desde los organismos especializados— nos dicen que las políticas sociales están llegando tarde y mal a detectar y atender a los niños y adolescentes víctimas de violencia.

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