Diego Fischer
Diego Fischer

“¡Muchas gracias!, Julia”

"Siempre fuimos muy pobres, pero supimos que la única forma de salir adelante era trabajar”, me dijo Mario la semana pasada, mientras íbamos a visitar a su abuela Julia, que trabajó durante más de tres décadas en casa de mis padres.

"Siempre fuimos muy pobres, pero supimos que la única forma de salir adelante era trabajar”, me dijo Mario la semana pasada, mientras íbamos a visitar a su abuela Julia, que trabajó durante más de tres décadas en casa de mis padres.

Julia tiene hoy 86 años y pese a algunos achaques propios de la edad, mantiene la lucidez y su sonora risa que, en mi niñez y adolescencia, anunciaba su llegada a casa. Sigue viviendo en camino Maldonado a la altura del kilómetro 16, muy cerca del campo de deportes de los Maristas. Allí, construyó su casa cuando se casó y nunca se mudó. En sus alrededores viven también, la mayoría de sus nueve hijos, y parte de su legión de nietos y bisnietos. La familia toda reunida suma más de 60 personas.
Julia fue empleada doméstica, cocinaba magistralmente. No he vuelto a comer milanesas como las que ella hacía, ni una torta de chocolate como la que preparaba para recibirnos a mis cinco hermanos y a mí, al regreso del colegio. Una mujer que siempre tenía una sonrisa y una contagiosa alegría de vivir. Al igual que mi madre, enviudó tempranamente y -tal vez- ello haya estrechado aún más el vínculo de afecto, comprensión y colaboración entre ambas. Trabajaba muchas horas de lunes a sábado y volvía a su casa tarde para seguir trabajando. Allí la esperaban sus hijos. Tenía una fuerza excepcional.

Hacía años que no la veía. Sentada en el jardín de su casa y rodeada de sus dos hijas mujeres y de varios de los varones que, a medida, que retornaban de sus trabajos pasaban a saludarla, compartió recuerdos. Me deleité nuevamente con sus sonoras carcajadas. En ningún momento pronunció una palabra negativa, ni un recuerdo triste. Tampoco hubo ni un dejo de rencor en sus evocaciones. Podía haberse lamentado de haber llevado una vida tan sacrificada; pero no, para ella el trabajo fue siempre la única forma digna de ganarse la vida y mantener a su enorme prole.

Hoy está jubilada de una vida dedicada a criar y educar, con muy escasos recursos, a sus hijos y a cuidar de otros seis. “Para mí eran todos hijos míos”, me dijo. Sigue siendo la matriarca de un clan numeroso y en el que todos han sabido abrirse un camino en la vida a fuerza de trabajo y tesón. Aprendieron del ejemplo de Julia. Nunca apelaron a planes sociales, ni a ayudas estatales.

Mario, trabaja en una empresa de logística. Está casado, y con orgullo cuenta que tiene dos hijos que estudian para docentes, “la vocación la heredaron de la madre”. Mario y su mujer se conocen desde los diez años y desde entonces los dos supieron que formarían una familia. Hace 22 años que están casados. Su mujer es profesora de Literatura y se dedica a la recuperación de jóvenes delincuentes. Él, su esposa y sus hijos, tienen una profunda fe cristiana y emplean parte de su tiempo libre en colaborar con la parroquia del barrio en el que viven. La solidaridad también la aprendieron de Julia. En la modesta casa de Julia, siempre hubo lugar para alguien que necesitara ayuda. “La abuela nos enseñó siempre que no hay nada más lindo que ganarse la vida trabajando”, afirma y agrega que, cuando su esposa le comenta de casos duros, fruto de la pobreza, entiende que no es fácil. Pero también se pregunta: “si nosotros, muy pobres, pudimos salir adelante, por qué ellos no”.

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