Diego Fischer
Diego Fischer

Empezar por casa

Si algo está demostrando esta temporada turística que nada es para siempre y nada es seguro. Las cifras de ingreso de visitantes y los hechos han echado por tierra aquella afirmación de la Ministra de Turismo Lilián Kechichián que, siendo subsecretaria de dicha cartera, afirmó un par de años atrás que: "Ya no habrá temporadas malas".

Kechichián en una saludable actitud quiso entonces trasmitir optimismo a un sector tan dinamizador de la economía como quejoso y agorero. Claro entonces se había levantado el bloqueo a los puentes sobre el río Uruguay que el gobierno de Néstor Kirchner alentó durante casi cinco años consecutivos, y la vuelta masiva de argentinos hizo que los balnearios uruguayos se vieran, como otrora, colmados por los veraneantes de siempre.

Pero a Kirchner le sucedió su mujer y si bien no hubo más puentes bloqueados, se impusieron trabas que están ocasionando a la industria turística local, daños tan graves o mayores que el corte de las mencionadas vías

Si algo está demostrando esta temporada turística que nada es para siempre y nada es seguro. Las cifras de ingreso de visitantes y los hechos han echado por tierra aquella afirmación de la Ministra de Turismo Lilián Kechichián que, siendo subsecretaria de dicha cartera, afirmó un par de años atrás que: "Ya no habrá temporadas malas".

Kechichián en una saludable actitud quiso entonces trasmitir optimismo a un sector tan dinamizador de la economía como quejoso y agorero. Claro entonces se había levantado el bloqueo a los puentes sobre el río Uruguay que el gobierno de Néstor Kirchner alentó durante casi cinco años consecutivos, y la vuelta masiva de argentinos hizo que los balnearios uruguayos se vieran, como otrora, colmados por los veraneantes de siempre.

Pero a Kirchner le sucedió su mujer y si bien no hubo más puentes bloqueados, se impusieron trabas que están ocasionando a la industria turística local, daños tan graves o mayores que el corte de las mencionadas vías de comunicación.

No son medidas de las que se pueda responsabilizar a las autoridades uruguayas, por cierto; aunque sí se le puede recriminar a la actual administración la falta de diplomacia profesional o la diplomacia de boliche que ha manejado directamente el presidente José Mujica con su colega Cristina Fernández. Se sabe, en Argentina gobiernan los peronistas y aquí el Frente Amplio…

Lo evidente en este mes de enero, es la ausencia de veraneantes argentinos, fundamentalmente en Punta del Este. Basta con recorrer los estacionamientos de las playas a la hora de mayor afluencia para comprobar que los automóviles con matrículas del vecino país no superan el 30% al tiempo que los brasileños son una pequeña minoría que sumada a los vehículos paraguayos alcanzan otro 10%. El 60% restante corresponde a coches matriculados en casi todos los departamentos de nuestro país; vehículos de un parque automotor renovado y en una enorme proporción de alta gama.

Los efectos de la ausencia de los principales e históricos clientes turísticos de la zona que va desde Portezuelo a José Ignacio, son evidentes: comercios cerrados o que cierran temprano, restoranes en los que es fácil encontrar mesa a cualquier hora y -quizás- lo más preocupante algunos edificios en construcción detenidos, en la Rambla y en la avenida Roosevelt.

Mucho se ha hablado del turismo de cruceros, pero la realidad demuestra que los miles de visitantes que llegan en estos enormes barcos, poco y nada consumen en tierra. El gasto per cápita, aunque no existen cifras, se limita, en su enorme mayoría, a alguna artesanía o souvenir.
Nadie discute que esta temporada trajo en el mes de mayor afluencia, mucha menos gente y pocos bríos. Las razones no solamente debemos atribuirlas a las medidas adoptadas por el gobierno argentino.
Todos aquellos que tienen que ver con el turismo deberían hacer una profunda autocrítica, empezando por el gobierno por la sideral carga impositiva con que grava los bienes y servicios, siguiendo por muchos empresarios (dueños de supermercados en primer lugar) que pretenden facturar en los diez primeros días del año lo que correspondería a las ventas de tres meses y a los propios particulares que ofrecen en alquiler sus viviendas a precios ridículamente altos.

Hay una realidad insoslayable: vivir hoy en Uruguay, sea Montevideo, Colonia o Punta del Este, es carísimo; para los propios uruguayos, y ni que decir para los argentinos, los brasileños y los europeos. A estos últimos un café comprado a un vendedor ambulante en la playa Mansa, le cuesta el doble en euros que disfrutarlo en el Café de la Paix de París. Y ni hablar de la calidad del producto.

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