David Brooks

Aprendiendo de los errores

Si usted pudiera regresar a 1889 y estrangular a Adolfo Hitler en su cuna, ¿lo haría? En cierto nivel, la respuesta es obvia. Por supuesto, usted lo haría.

Si usted pudiera regresar a 1889 y estrangular a Adolfo Hitler en su cuna, ¿lo haría? En cierto nivel, la respuesta es obvia. Por supuesto, usted lo haría.

Si no hubiera existido un Hitler, presuntamente el Partido Nazi habría carecido del carismático líder que necesitaba para ascender al poder. Supuestamente, no habría existido una II Guerra Mundial, ni Holocausto, ni millones de muertos en los frentes oriental y occidental.

Pero, por otra parte, si no hubiera habido II Guerra Mundial, no se habría tenido la inclusión de la mujer en la fuerza laboral. No habría existido la Iniciativa GI y la acelerada expansión de la educación superior. No se habría dado la pacificación de Europa, la Pax-Americana, lo cual llevó a décadas de paz y prosperidad, o el final del Imperio Británico y otros.

La historia es una red infinitamente compleja de causalidades. Borrar errores del pasado equivale a borrar nuestro mundo ahora. No podemos volver y saber en ese tiempo lo que sabemos ahora. No es posible bañarse en el mismo río dos veces.

Así que es verdaderamente difícil ofrecer respuestas simples sobre errores pasados. No puede responderse la pregunta, ¿regresaría usted y desharía sus errores? Tan solo es de utilidad preguntar, ¿qué sabiduría ha adquirido de los propios errores pasados de juicio que le ayudaría a salir adelante?

Lo cual nos lleva a Irak. Desde el ventajoso punto de vista actual, la decisión de ir a la guerra fue un claro juicio erróneo, hecho por el presidente George W. Bush y apoyado por 72 por ciento de la población estadounidense que fue encuestada en ese momento. Yo también cometí ese error.

¿Qué se puede aprender de ello?

La primera lección que salta a la vista es que deberíamos ver los productos de los servicios de inteligencia con ojo más escéptico. Está circulando una fábula actualmente en el sentido que la inteligencia sobre armas iraquíes de destrucción fue preparada en su totalidad por la presión política, que había una gran conspiración política para mentirnos y llevarnos a la guerra.

Eso no cuadra con los hechos. Cualquiera que esté versado en el informe Robb-Silberman de 2005 sabe que este fue un caso de falibilidad humana. Esta exhaustiva comisión bipartidista encontró un “importante fallo de inteligencia’’: “El fallo no fue meramente que las evaluaciones de la Comunidad de los Servicios de Inteligencia fueran erróneas. Hubo también serias deficiencias en la manera en que estas evaluaciones se hicieron y se comunicaron a legisladores’’.

El error de la Guerra de Irak nos recuerda la necesidad de la modestia epistemológica. Nosotros no sabemos mucho del mundo, y buena parte de nuestra información está equivocada. Un presidente exitoso tiene que tomar decisiones al tiempo que irradie duda, mantener la mente abierta en vista de nueva evidencia, no caer en las trampas que aquejan a aquellos que poseen exceso de confianza en sí mismos.

La segunda lección de Irak tiene que ver con esta pregunta: ¿cuánto podemos realmente cambiar a otras naciones? Cada dilema de políticas extremistas involucra una calibración. ¿Deberíamos inclinarnos hacia delante para intentar influir sobre esta o aquella región? ¿O deberíamos mantenernos en el fondo suponiendo que meramente terminaríamos empeorando todo?

Tras la década de los 90, muchos de nosotros nos estábamos inclinando a favor de la dirección intervencionista. Habíamos visto la caída del régimen del apartheid, lo cual mejoró a Sudáfrica. Habíamos presenciado la caída de regímenes comunistas, lo cual hizo que las naciones del bloque oriental fueran mejores. Muchos pensamos que, al derrocar a Saddam Hussein, podríamos ponerle fin a otro imperio del mal, y abriríamos gradualmente el desarrollo humano en Irak y el mundo árabe.

¿Ha ocurrido eso? En 2004, yo habría dicho que sí. En 2006, habría dicho que no. En 2015, digo sí y no, pero mayormente no.

Hasta la fecha, el resultado en Irak debería recordarnos que no sabemos realmente mucho con respecto a cómo evolucionarán otras culturas. Podemos ejercer influencia solo torpe e indirectamente sobre la manera en que otras naciones se gobiernan solas. Cuando se quita el orden básico, la gente responde con salvajismo sectario.

Si la victoria en la Guerra Fría nos enseñó a echarnos para adelante y ser intervencionistas, el legado de la decisión de Irak en 2003 debería causar que nos alejáramos de los excesos de esa mentalidad, que tengamos menos fe en la capacidad de Estados Unidos para entender otros lugares y poner en marcha el cambio.

Todos estos son puntos de hechos en una educación mayor. a la par del repunte de tropas y los retiros recientes de Irak y Afganistán. Termino en un lugar con menos instintos intervencionistas que donde Bush estaba en 2003, pero considerablemente más instintos intervencionistas que hacia donde el presidente Barack Obama se inclina a estar actualmente. Para terminar, Irak nos enseña a sospechar de dirigentes que intentan forzar un cambio revolucionario y transformacional. Nos enseña a tener respeto por los que andan por el margen, líderes que ponen toda la atención al contexto, que intentan conducir un cambio gradual pero constante. Nos enseña a honrar a aquellos que respetan la inimaginable complejidad de la historia y que son humildes en vista de las consecuencias de sus acciones que ellos no pueden predecir o entender a cabalidad.

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