Claudio Fantini
Claudio Fantini

Argentinidad y argentinos

Cristina Kirchner había convertido al Estado en el escenario donde desplegaba una majestuosa actuación de reina y heroína. Toda la estructura del gobierno estaba al servicio del rol protagónico que cumplía con notable talento.

Cristina Kirchner había convertido al Estado en el escenario donde desplegaba una majestuosa actuación de reina y heroína. Toda la estructura del gobierno estaba al servicio del rol protagónico que cumplía con notable talento.

Una parte de la sociedad se fascinaba con el espectáculo unipersonal del liderazgo, y el resto lo toleraba, como tolera siempre la corrupción y la arbitrariedad en los tiempos de economía excedentaria. Pero cuando las velas de la economía se desinflan, los dueños del poder pasan, en un santiamén, de ser vanagloriados a ser acosados por fiscales y jueces.

En Argentina, la gloria está a centímetros del banquillo de los acusados. El tamaño de la impunidad es directamente proporcional a la capacidad de consumo. En rigor, no se castiga la arbitrariedad y la corrupción; se castiga el fracaso y la debilidad. Por eso el país sigue atrapado en un círculo vicioso de arbitrariedades y corrupciones.

El padre de la antropo-geografía, Frederich Ratzel, escribió que la fuerza del gobernante arbitrario no radica en el poder de su liderazgo, sino en la “debilidad moral de la sociedad que tolera su arbitrariedad”. De tal modo, siguiendo el razonamiento del geógrafo alemán, para entender a la Argentina no hay que analizar el poder de los gobernantes, sino “la debilidad moral” de la sociedad.

Esa debilidad se traduce en permisividad hacia todos los estamentos políticos. Intendentes y gobernadores gastan fortunas de las arcas públicas en publicitarse a sí mismos. Sus nombres aparecen en los autos oficiales y sus rostros pueblan las ciudades desde la cartelería callejera y los anuncios de radio y televisión.

En Córdoba, hasta un Defensor del Pueblo plagó la ciudad de gigantes carteles con su imagen y la frase “defendemos tus derechos”, salvo el de exigir que “tus” impuestos sean gastados racionalmente. Aunque, en realidad, nadie exige nada. Ni siquiera causa indignación la publicidad que los gobernantes se hacen, pagando con fondos públicos.

Una investigación sociológica de la Universidad Empresarial Siglo 21 sobre los rasgos predominantes de la identidad de los argentinos, muestra una contradicción reveladora. Usando el método de “redes semánticas”, miles de encuestados describieron la identidad diciendo las palabras que espontáneamente vinieran a sus mentes. Y las más reiteradas conformaron dos conjuntos de rasgos contrapuestos. Los argentinos se definen como “trabajadores” y “buena gente”, pero también como “corruptos” y “egocéntricos”.

¿Puede estar una sociedad integrada por buena gente que también es corrupta y egocéntrica? Probablemente, el encuestado se describía positivamente a sí mismo y negativamente a los otros argentinos. Una suerte de disociación de lo negativo (el mal es el otro) que fue señalada en distintas ocasiones por observadores externos.

Cuando en la debacle económica del 2001, refiriéndose a sus políticos, Argentina gritó “que se vayan todos”, la escritora española Rosa Montero advirtió a los argentinos que las dirigencias no son un injerto externo que sufre una sociedad, sino un exudado del cuerpo social, o sea un producto de esa comunidad que, por ende, la refleja.

En su libro “La invención de la Argentina”, el norteamericano Nicholas Shumway buceó el país decimonónico encontrando, desde su origen, lo que llamó el “mito de la exclusión”: siempre se habló de una “grandeza perdida” por culpa de un “enemigo interno”.

Por eso la dialéctica “amigo-enemigo” planteada por Carl Schmitt en “El concep- to de lo político”, pudo reingresar fácilmente a la cultu- ra política a través de Laclau, el filósofo de cabecera del kirchnerismo.

Vidiadhar Naipaul es un gran novelista y también un agudo observador de culturas y sociedades. Lo demostró describiendo a los musulmanes en Among believers (Entre creyentes) y, a su paso por Argentina en la década del setenta, dejó un ensayo titulado A country for plunders, algo así como “un país para saqueadores”. Quizá por eso nunca fue muy querido en Argentina. El egocentrismo aparece en el estudio realizado por la Universidad Siglo 21 entre los rasgos de identidad, y una de las manifestaciones de ese rasgo es el rechazo a las miradas críticas.

Otra manifestación es el triunfalismo. La característica que le permitió a Menem proclamar el ingreso de Argentina al “primer mundo”, a Duhalde afirmar que los argentinos están “condenados al éxito” y al kirchnerismo hablar de “la década ganada”.

El triunfalismo abarca la mirada histórica. En 1984, recién recuperada la democracia, fui parte de un programa radial de análisis político al que llamamos “Cancha Rayada” y presentábamos diciendo: “en un país para el que solo existen los triunfos, este programa quiere partir del homenaje a una derrota”.

Lo sorprendente fue la cantidad de llamados y cartas de oyentes que preguntaban “qué significa” Cancha Rayada. Por eso agregamos a la presentación un relato de la única batalla en la que fue derrotado el ejército de San Martín.

En Argentina, las victorias ponen sus nombres en calles, plazas, colegios y parques. El país está plagado de Chacabucos, San Lorenzos y Maipús, pero demasiados argentinos desconocen Cancha Rayada, mientras otros solo recuerdan que en la escuela les enseñaron que en aquella batalla ocurrida en Chile, los realistas atacaron “a traición” porque las tropas sanmartinianas habían acampado para pasar la noche.

En rigor, es obvio que en la guerra no existe un “horario de protección al soldado” después del cual no puede haber combates. El valeroso ejército patrio no necesita que le oculten derrotas, pero la cultura dominante sí.

El rasgo triunfalista de esa cultura dominante también se expresa de otras formas. Por caso, en la grandilocuencia urbana que sugiere poderíos inexistentes.

Cuando André Malraux visitó la Argentina, quedó sorprendido y perplejo por la majestuosa opulencia de su capital. Y al regresar a Francia, el autor de “Antimemorias” y “La condición humana”, la describió diciendo que “Buenos Aires es la imponente capital de un imperio que nunca existió”.

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