Casilda Echevarría
Casilda Echevarría

Vientos de cambio

El debate presidencial que tuvo lugar el domingo pasado en Argentina mostró pocas o ninguna propuesta nueva, ya que cada uno de los candidatos las había expresado en tantos discursos e innumerables entrevistas. Lo que sí pudimos observar fue la actitud de cada uno, el trato hacia el otro y el dominio de sí mismo. La posición tranquila y el buen manejo de los tiempos para cerrar las exposiciones, sin mayores promesas y con algunos compromisos, apelando a reconquistar la confianza de los mercados, caracterizó a Macri.

El debate presidencial que tuvo lugar el domingo pasado en Argentina mostró pocas o ninguna propuesta nueva, ya que cada uno de los candidatos las había expresado en tantos discursos e innumerables entrevistas. Lo que sí pudimos observar fue la actitud de cada uno, el trato hacia el otro y el dominio de sí mismo. La posición tranquila y el buen manejo de los tiempos para cerrar las exposiciones, sin mayores promesas y con algunos compromisos, apelando a reconquistar la confianza de los mercados, caracterizó a Macri.

Por el contrario Scioli adoptó una posición anclada en un pasado del cual reniega, reiterando clichés, sin esgrimir razones y hablando más por el otro candidato que por sí mismo, mostrando un discurso demagógico e intentando desmarcarse de un gobierno del cual fue parte.

El gobierno que finaliza se caracterizó por un nacionalismo absurdo cerrado al crédito internacional con una economía asfixiada, con exportaciones acorraladas por las detracciones e importaciones impedidas por la indisponibilidad del dólar, sin olvidar una corrupción que ya no puede ocultarse, que extrae recursos públicos y deja sin infraestructura al país, cercenando puestos de trabajo y condenando al hambre a una creciente pobreza que duele a todos menos al gobierno.

Macri se asoma como una esperanza de apertura, de racionalidad, de apoyo a la inversión y como el cambio que salvará al país del estancamiento. El partido no está ganado, primero porque ninguno de los candidatos tiene asegurado el éxito y en segundo lugar, porque aún si ganara Macri tendrá que demostrar que tiene la habilidad de poner el país en orden, que por cierto será difícil.

Estamos hartos de oír que a los políticos se les da la oportunidad de un cargo no se les debe dar nada. Se les debe pedir sacrificio, esfuerzo, dedicación, honestidad, todo ello en aras del bien común, sin negar su derecho, por supuesto, a un salario digno, pero sólo eso como recompensa, no más. Nada de privilegios, están al servicio del pueblo como debieran estarlo todos los funcionarios públicos honestos que seguramente los habrá.

Un país naturalmente rico, que en los últimos años no ha hecho más que acentuar la pobreza, desatender la educación, permitir que el narcotráfico se extienda sobre una juventud desorientada, mientras que las elites dominantes colmaban sus arcas de riquezas de forma impúdica. Sin el menor rastro de consideración por aquellos a quienes se les esquilmaba con los impuestos para cubrir la angurria del poder. Las promesas y el clamor por la defensa de la industria nacional ya no logran engañar ni al más cauto. Por el contrario, el ciudadano empobrecido debe comprometer sus menguados recursos en proteger a su familia del delito y la violencia que asedia a los pobladores honestos y desprotegidos.

Deseo para nuestro hermano país lo mejor para el próximo domingo, deseo para la Argentina un gobierno de apertura, que permita a la actividad privada expandirse, con políticas económicas que atraigan la inversión y no la expulsen y así permitir la creación de empleo, tan necesario para gente honesta que ha debido ampararse en planes, que muchos precisan pero a pocos satisfacen. Es esperable que la ilusión de un cambio se concrete.

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