Casilda Echevarría
Casilda Echevarría

¡¡Prudencia!!

La prudencia es una gran virtud, máxime cuando se administran bienes o recursos ajenos. Ante un futuro que se avizora con negros nubarrones en materia económica y con la rendición de cuentas por delante, la mira debería estar puesta en la promoción de la inversión, la reducción del gasto público y la decidida mejora en la administración de todo el sector público y concientizando a los trabajadores de las necesidades de aplicar racionalidad en el uso de los recursos.

La prudencia es una gran virtud, máxime cuando se administran bienes o recursos ajenos. Ante un futuro que se avizora con negros nubarrones en materia económica y con la rendición de cuentas por delante, la mira debería estar puesta en la promoción de la inversión, la reducción del gasto público y la decidida mejora en la administración de todo el sector público y concientizando a los trabajadores de las necesidades de aplicar racionalidad en el uso de los recursos.

Los desequilibrios fiscales generan una situación de riesgo país cuya consecuencia directa es el encarecimiento del financiamiento para proyectos de inversión que podrían impulsar, si pudieran concretarse, el crecimiento y con él la generación de empleo en áreas tan necesarias como la infraestructura nacional.

Lamentablemente venimos de una década de bonanza en la cual no se aprovecharon los ingresos excepcionales del Estado para invertir en educación, seguridad, infraestructura y salud; ahora se debe enfrentar la realidad hacia el futuro, lo que no se hizo no se hizo, será el pueblo que juzgará en las urnas.

Insistir sobre el hecho de haber destinado el dinero público al gasto corriente y a incentivar a que personas que pudieron haber trabajado y aportado a la seguridad social no lo hicieran, rindiéndose a la comodidad del ingreso sin contraprestación de trabajo, ya no cambiará el pasado.

Pensemos en el futuro, pero vayamos tomando decisiones: la reducción del costo del estado es imperiosa, no es admisible que los ajustes se realicen solo en el sector privado. Un sector privado que se ve asfixiado por la presión impositiva no puede invertir, simplemente no puede. La inversión extranjera es esquiva a instalarse en los regímenes en los cuales el Estado recauda mucho y ofrece servicios caros. Tampoco es atractivo para los inversores extranjeros tener contrapartes gremiales que no dan tregua ante la adversidad, asfixiando a las empresas, cuidando los empleos de quienes ya trabajan pero insensibles respecto de aquellos que requieren de nuevos puestos de trabajo para ingresar al mercado.

Claro que hay dirigentes gremiales, tanto del sector público como del privado, que promueven verdaderamente el bienestar del trabajador y entienden la solidaridad laboral con un criterio serio que permite que se amplíe el mercado de trabajo, evitando que se anquilosen aquellos que sobreviven al amparo de normas que ya no establecen equilibrios de fuerza entre trabajador y empleador, sino tan solo tiranía de aquellos sobre estos.

Se rumorea que se crearán nuevos impuestos, que se subirán las alícuotas de los existentes además de los incrementos en las tarifas que impactan directamente en los costos de producción. Se llega a sugerir volver a las herramientas ampliamente probadas y causantes de grandes fracasos como el control de precios asociado a la suba de sueldos, discursos demagógicos que a algunos atraen pero a muchos repelen. Ejemplos en el continente tenemos suficientes, seamos serios, pensemos un país productivo que genere ingresos genuinos para un Estado que debe ajustar sus cuentas a las posibilidades de quienes le proveen de recursos.

Hace falta prudencia y valentía en la toma de decisiones y en la adopción de medidas sin hacer caso a la demagogia que cuesta tan cara a los pueblos.

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