Casilda Echevarría
Casilda Echevarría

Para gobernar hay que conquistar

Parece de Perogrullo, pero muchas y muy buenas pueden ser las ideas para impulsar el desarrollo del país con equidad, pero si no se conquista el voto y el poder que este conlleva, nada se puede hacer.

Parece de Perogrullo, pero muchas y muy buenas pueden ser las ideas para impulsar el desarrollo del país con equidad, pero si no se conquista el voto y el poder que este conlleva, nada se puede hacer.

Captar el voto popular con conceptos que en definitiva les mejorarán su estándar de vida, como país abierto al mundo, flexibilización laboral, respeto a la intimidad por sobre la voracidad de gobiernos extranjeros, apertura a la inversión extranjera, plaza financiera u otros de carácter liberal, asociados a políticas sociales que promuevan el desarrollo de los beneficiarios, necesariamente requiere de explicaciones sencillas con ejemplos cotidianos para, lentamente, acallar la demonización que de ellos se ha hecho en las últimas décadas.

El desafío es el cambio de mentalidad de la gente, es decir, que el pueblo pueda asociar que todos los excesos del sector público y el desenfrenado poder de la dirigencia sindical afectan directa y negativamente su economía y libertad, y que la apertura al mundo y el comercio creciente con otros bloques o países, con adecuada regulación, es beneficioso.

Asociar distintos hechos de la vida pública a las dificultades privadas de cada uno no es fácil, y ahí está el desafío de los políticos.

La decadencia en la educación contribuye dañinamente a que cada vez más la sensación en la población sea de resignación ante los abusos impositivos que afectan los menguados sueldos ciudadanos.

En primer lugar el político debería ser convincente en el sentido de afirmar que el deseo de obtener un cargo público no es para satisfacer intereses propios, sino para servir al país y su gente, concepto que se ha ido desdibujando hasta que en muchos casos los cargos públicos son ocupados por personas que no están preparadas para el cargo, sino que muy por el contrario, se benefician de él.

En ese sentido lo primero que se debe transmitir es que se eliminarán los privilegios exorbitantes como viajes al exterior sin beneficio para la función, aportes a la seguridad social no realizados, autos oficiales que circulan a toda hora, licencias parlamentarias pagas extendidas, exceso de funcionarios en la mayoría de los organismos públicos, planes solidarios sin contrapartida, facultades abusivas en la administración, y tantos otros que se podría seguir enumerando. En otro orden, los políticos deberían comprometerse a llamar a responsabilidad de forma ágil a todos aquellos que hagan uso, abuso o mala administración de los fondos públicos.

En las últimas elecciones fue claro que el eslogan sin contenido alguno fue más efectivo que los argumentos sólidos, y aún que las promesas realizadas.

Otro aspecto de importancia en la comunicación es lograr que el ciudadano común perciba que, por ejemplo, su dificultad para obtener un inmueble en propiedad o en arrendamiento, así como una pobre jubilación luego de una vida de trabajo y aportes, está directamente vinculada a la carga impositiva que los afecta y que esos impuestos se destinan a gastos superfluos o se malgastan con liviandad administrativa.

En definitiva, no es suficiente que se tengan buenas intenciones y buenas ideas, hay que transmitirlas de modo claro y sencillo para “conquistar” con honestidad y sin demagogia populista el voto de los menos ilustrados.

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