Carlos Alberto Montaner
Carlos Alberto Montaner

Renegados

Oficialmente, Salvador Sánchez Cerén, el candidato del FMLN, ganó las recientes elecciones salvadoreñas. Así lo declaró el Tribunal Supremo Electoral del país frente a las impugnaciones de ARENA. La diferencia entre los dos partidos apenas excedió de 6 mil votos. Una minucia cuando se sabe que votaron casi tres millones de personas.

Oficialmente, Salvador Sánchez Cerén, el candidato del FMLN, ganó las recientes elecciones salvadoreñas. Así lo declaró el Tribunal Supremo Electoral del país frente a las impugnaciones de ARENA. La diferencia entre los dos partidos apenas excedió de 6 mil votos. Una minucia cuando se sabe que votaron casi tres millones de personas.

ARENA pidió el recuento y no se lo concedieron. La ley no estaba de su parte. Norman Quijano tuvo que conformarse con una victoria moral. Nadie esperaba un resultado de esa naturaleza, especialmente porque el FMLN le había sacado más de diez puntos en primera vuelta. Parece que el matadero venezolano de estos días les recordó a los salvadoreños que el radicalismo revolucionario puede acabar en baño de sangre.

Ahora Sánchez Cerén, comunista, ex guerrillero, se enfrenta a un amargo dilema. A partir de junio, cuando asuma oficialmente la presidencia, ¿se dedica a hacer la revolución que le pide su corazoncito marxista-leninista? ¿O acepta que el suyo es un país muy pobre, dolarizado, abatido por los mareros, dividido en mitades hostiles, y cuya principal fuente de ingresos son las remesas de los emigrantes, panorama que desaconseja agregar una peligrosa fricción política?

Sería el cuarto hijo de Fidel Castro colocado en esa tesitura. Los otros 3 optaron por abrazarse a la realidad y abandonar la utopía.

El uruguayo José (Pepe) Mujica es uno de ellos. La revolución cubana le sorbió el seso, como a Don Quijote los libros de caballería, y cuando era joven acabó embarcado en la sangrienta aventura de los “tupamaros”, grandes culpables del descalabro de la ejemplar democracia uruguaya. Cuando terminó la dictadura militar Mujica se integró en la vida política del país y se colocó bajo la autoridad de la Constitución. Una vez instalado en la presidencia ha respetado las reglas del juego.

Otro es la brasilera Dilma Rousseff. Fue una chiquilla comunista vinculada a la Vanguardia Armada Revolucionaria (VAR-Palmarés), un grupo marxista-leninista que asaltó bancos, mató y secuestró aviones. Salió de la cárcel, terminó sus estudios de economía y en su momento se incorporó al Partido de los Trabajadores de Lula da Silva. Cuando la eligieron Presidente también optó por olvidarse de sus fantasías castro-guevaristas de la juventud.

El otro de los hijos “realistas” (o renegados) de Fidel Castro es el nicaragüense Daniel Ortega. Como Mujica y Rousseff, Ortega formó parte de la violencia sandinista. En la década de los ochenta, tras el triunfo de la insurrección, le tocó presidir por primera vez a Nicaragua y aprender sobre la marcha. Fue el curso de gobierno más costoso de la historia. Destrozó al país, pero tal vez aprendió todo lo que no se debe hacer. Cuando volvió al poder en el 2007, Ortega más pragmático que fanático, ya no tenía la intención de ser como Fidel Castro.

¿Será Sánchez Cerén el cuarto hijo renegado del castrismo? Falta poco tiempo para saberlo.

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