Carlos Alberto Montaner
Carlos Alberto Montaner

Niza y los números

Mohamed Lahouaiej Bouhlel, el llamado “tunecino” que atropelló y mató a 84 personas en Niza, era un delincuente menor conocido por la policía. Eligió el 14 de julio para perpetrar la masacre. Esa fecha marca el inicio oficial de la Revolución Francesa. ¿Escogió el día para subrayar su odio a la república y su desprecio al relato de la gesta revolucionaria, porque había muchas personas en las calles, o acaso por una combinación de ambos factores?

Mohamed Lahouaiej Bouhlel, el llamado “tunecino” que atropelló y mató a 84 personas en Niza, era un delincuente menor conocido por la policía. Eligió el 14 de julio para perpetrar la masacre. Esa fecha marca el inicio oficial de la Revolución Francesa. ¿Escogió el día para subrayar su odio a la república y su desprecio al relato de la gesta revolucionaria, porque había muchas personas en las calles, o acaso por una combinación de ambos factores?

Lo precario del crimen (un camión alquilado, armas y explosivos simulados) apunta a un “lobo solitario” o, a lo sumo, a un pequeño grupo sin grandes relaciones. Antes de morir gritó en árabe, dicen, “Alá es grande”. Ese tipo de matanzas ha sido cruelmente ensayado en Israel, hasta ahora por medio de automóviles. Es probable que el ejemplo se propague. Sucedió con los asesinatos en las escuelas en Estados Unidos. Los fanáticos del Califato lo recomiendan ardientemente. “Maten como puedan, con cualquier cosa que tengan a su alcance, pero maten y griten Allahu Akbar antes de morir”.

Objetivamente, la masacre terrorista hace más daño psicológico que físico. El asesino mató 84 personas. El promedio diario de muertes en Francia es de 1627. Todos los años desaparecen del censo 594.000 personas y se agregan algunas más. Incluso, el saldo migratorio -los que llegan menos los que se van- es positivo. En el 2015 se quedaron 71.940 nuevos residentes.

No obstante, estos horrendos crímenes conllevan un enorme peso subjetivo. Al margen del inmenso dolor de las víctimas, por unos días, caen las Bolsas, se retraen las inversiones y mucha gente tiene miedo. El miedo es un pésimo consejero político. Les hace pensar a numerosos electores que el país requiere una mano fuerte que los proteja y combata a los malvados. En Francia ese hombre se llama Le Pen (o su hija, que heredó el caudillaje). En Estados Unidos piensan en Trump, que promete erradicar a los malos.

Según sus vecinos, el asesino de Niza no era un tipo especialmente piadoso, así que, probablemente, trató de darle alguna significación a su vidita miserable y espesa cambiándola por la gloria eterna del paraíso coránico, rodeado de vírgenes complacientes y los abundantes placeres que les esperan a los mártires de acuerdo con esa epicúrea visión celestial.

Son muchas las personas que no practican la religión, pero creen en un “más allá” donde hay un dios que premia o castiga, y entre los musulmanes prevalece la ilusión de que existe un paraíso lleno de sensualidad al que puede accederse rápidamente matando infieles e inmolándose durante la comisión del crimen.

No sé si este sujeto había nacido en Túnez, o si pertenecía a una generación de franceses cuyos padres o abuelos eran originarios de ese país norteafricano. El dato es importante. Ratificaría lo que parece ser una tendencia. Algunos de los asesinos de las anteriores masacres francesas -esta es la tercera en 18 meses- eran franceses cuyos padres inmigraron a París o a Marsella procedentes de naciones islámicas. El 72% de los musulmanes nacieron en Francia y a estas alturas debían haberse asimilado, pero en muchos casos eso no ha sucedido.

¿Por qué? Francia es el país del occidente europeo con mayor número de musulmanes. Tal vez el 9% de su población profesa esa religión. ¿Son demasiados para asimilarse? De 66 millones de habitantes, unos 5 son mahometanos. En algunas ciudades constituyen guetos. En Estados Unidos, en cambio, es solo el 1%. Apenas 3,3 en medio de 323 millones, y de ellos unos 825.000 son norteamericanos convertidos al Islam, casi todos de remoto origen africano.

Pero la gran diferencia tal vez radique en la intensidad de la integración. Los estadounidenses que profesan la religión islámica, árabes y no árabes, en su mayoría forman parte del melting-pot. Viven en los mismos barrios, van a las mimas escuelas y tienen un desempeño económico y académico mejor que la media norteamericana, mientras encuentran en esta peculiar sociedad la posibilidad de mejorar paulatinamente mediante el estudio, el trabajo y el ahorro. Sigue siendo, realmente, una sociedad de oportunidades.

Es verdad que en Estados Unidos, como en todas partes, hay violencia racial, pero como demuestra la elección y reelección de Barack Hus-sein Obama, la tendencia del país es a la reducción de este flagelo y a la disminución progresiva del racismo. Contrario a la percepción popular, entre 1981 y 2014 las muertes de afroamericanos a manos de la policía ha disminuido a la mitad: de 0,41 por cien mil habitantes a 0,24. (La de los blancos, en tanto, se ha duplicado: de 0,08 a 0,14).

El episodio de Niza provoca, claro, furia, pero esa emoción es pésima para tomar decisiones. Es la hora de ver la situación con frialdad y poner los números sobre la mesa.

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