Carlos Alberto Montaner
Carlos Alberto Montaner

Cataluña

Una parte sustancial de los catalanes quiere separarse de España. ¿Cuántos son? Parece que algo más del 50%, pero no se sabe con precisión porque la Constitución no autoriza los plebiscitos.

Una parte sustancial de los catalanes quiere separarse de España. ¿Cuántos son? Parece que algo más del 50%, pero no se sabe con precisión porque la Constitución no autoriza los plebiscitos.

El nacionalismo catalán es de vieja data. Tuve cuatro tías abuelas que se quedaron solteras en La Habana, pese a ser bonitas y educadas, porque nunca encontraron catalanes con los cuales casarse. Mientras estuvieron en edad de merecer viajaban anualmente a Cataluña en busca de compañeros, pero regresaban con las piernas vacías. Ejercían una forma extrema de nacionalismo genital. Hace años, cuando se lo conté a J. Pujol, entonces Presidente de la Generalitat, se le aguaron los ojos de patriotismo.

En todo caso, los catalanes independentistas esgrimen argumentos dotados de cierto peso. Tienen una historia parcialmente diferente y hablan una lengua romance distinta al español. A lo que el resto de sus compatriotas les responden que cada región de España también tiene una historia diferente y, al menos dos de ellas, conservan otros idiomas además del castellano: el gallego y el euskera.

España, precisamente, es eso: un mosaico de trozos medievales surgidos, esencialmente, de un pasado edificado sobre un milenario sustrato celtibérico al que Roma, a lo largo de muchos siglos, dotó de una lengua, una ley, una religión y un perfil urbano comunes.

Pero el nacionalismo no es un asunto que atiende razones. El nacionalismo es una cosa del corazón. Una emoción profunda que tiene su asiento en los lazos secretos que unen las tribus. A las emociones no se les combate con razones. ¿Qué se hace entonces?

No hay una respuesta clara. Tal vez la solución menos mala es juntar a los partidos nacionales (el PP, el PSOE, y UP y D) y forjar una barrera legal infranqueable. Tal vez sea modificar la Constitución para dejar abierta la puerta de la secesión. Es probable que la mayor parte de los habitantes de Cataluña no quieran la independencia si pudieran acceder a ella, como sucede en Quebec y en Escocia, pero acaso la imposibilidad de separarse de España sea uno de los factores que aumenta la tendencia rupturista, en la medida en que les multiplica a los secesionistas la sensación de ser víctimas de una injusticia, factor que incrementa la temperatura nacionalista.

En todo caso, lo más importante es solucionar el conflicto pacíficamente. El pasado 1 de abril se cumplieron 75 años del fin de la Guerra Civil española. Cientos de miles de personas dejaron la piel en aquel conflicto fratricida. Uno de los factores que los lanzó a las trincheras fue el separatismo. Nunca más debe suceder algo así. Paradójicamente, tal vez la manera de evitarlo es abrir la puerta, pero invitando sinceramente a los catalanes a que se queden. Son una parte fundamental de España.

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