Carlos Alberto Montaner
Carlos Alberto Montaner

Sin cabeza

Me equivoqué. Escribí que, por primera vez en su historia, la diplomacia norteamericana carecía de un marco de referencia. Me lo indicaban, falsamente, las concesiones gratuitas a la dictadura cubana, el pésimo pre acuerdo con Irán, la condescendencia con la dictadura birmana, la tolerancia con los desmanes de Chávez y Maduro.

Me equivoqué. Escribí que, por primera vez en su historia, la diplomacia norteamericana carecía de un marco de referencia. Me lo indicaban, falsamente, las concesiones gratuitas a la dictadura cubana, el pésimo pre acuerdo con Irán, la condescendencia con la dictadura birmana, la tolerancia con los desmanes de Chávez y Maduro.

Craso error. Me lo señaló el historiador Diego Trinidad. Existe un marco de referencia, por ahora vagamente utilizado. Se titula How Enemies Become Friends: The Sources of Stable Peace (Cómo los enemigos se convierten en amigos: la fuente de una paz estable), escrito por Charles A. Kupchan, profesor de Georgetown University y miembro del Consejo Nacional de Seguridad.

La obra puede adquirirse muy fácilmente por Amazon. Vale la pena resumir su tesis central porque es muy sencilla: la manera de transformar a los enemigos en amigos y de sostener la paz es hacerles grandes concesiones unilaterales, no exigir ni esperar nada a cambio, cancelar toda conducta hostil, y no tratar de cambiar la naturaleza de esos gobiernos.

Es el entierro de la tradicional lógica diplomática que prescribe zanahorias para los amigos y aliados, palos para los enemigos y nada para los indiferentes. Es el fin de la diplomacia activa, desarrollada tras la terminación de la Segunda Guerra, encaminada a tratar de convertir el mundo en un lugar pacífico y próspero.

Es una mezcla de buenísimo y neoaislacionismo. Es el fin, también, de la idea de que Estados Unidos, como potencia hegemónica en el terreno económico y militar, asume la responsabilidad de encabezar el castigo a los países agresores. De intentar dotar al planeta de estabilidad y de promover el buen gobierno, definido éste como la administración de sociedades pacíficas, democráticas, productivas y abiertas al comercio internacional.

Naturalmente, los regímenes de Cuba, Venezuela e Irán, seguramente verán con un enorme agrado que Estados Unidos renuncie a tratar de frenarlos. Al fin y al cabo, La Habana y Caracas no son enemigos étnicos de Estados Unidos, sino adversarios ideológicos de las democracias liberales y del sistema de libre empresa que esta nación encabeza. Si Estados Unidos fuera una nación comunista, inmediatamente cesaría el anti americanismo.

Hay que recordar que Fidel Castro y Hugo Chávez no escogieron el anti americanismo o el comunismo -Venezuela va en ese camino-por reacción a la política de Washington, sino (como Fidel Castro ha aclarado mil veces) por creer en las virtudes del colectivismo, de la planificación centralizada y del control social. Son antiamericanos a fuerza de ser pro comunistas. De alguna manera, esta nueva forma de encarar la diplomacia adoptada por EE.UU. no es la consecuencia de la debilidad, sino del éxito. Producen una quinta parte de lo que genera el mundo con menos del 5% de la población del planeta y tienen unas fuerzas armadas imbatibles. Eso les confiere una peligrosa sensación de invulnerabilidad. Con esos elementos a su favor, Obama cree que puede darse el lujo de ignorar a amigos y enemigos. ¿Podrá hacerlo? Lo dudo. La visión internacional norteamericana a partir de F.D. Roosevelt y los acuerdos de Bretton Woods de 1944, todavía con el ejército alemán sobre las armas, está concebida para que Washington asuma la responsabilidad de liderar el llamado “mundo libre”. Esa tradición, que ya tiene más de 70 años, y que ha visto el triunfo de Occidente en la Guerra Fría, ha generado toda una burocracia dedicada a ejecutar medidas de gobierno, para lograr esos objetivos. La inercia de estos organismos pesa mucho y a Obama sólo le quedan un par de años en la Casa Blanca. No creo, afortunadamente, que logre imponer sus ideas. Un mundo sin cabeza es mucho más peligroso.

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