Asdrúbal Aguiar

Vázquez, médico forense

El presidente uruguayo, Tabaré Vázquez, una vez como su canciller consensúa un texto severo, dentro del Mercosur, sancionando a la dictadura de Nicolás Maduro, le ha puesto freno y en seco.

El presidente uruguayo, Tabaré Vázquez, una vez como su canciller consensúa un texto severo, dentro del Mercosur, sancionando a la dictadura de Nicolás Maduro, le ha puesto freno y en seco.

Arguye -como lo hace en el pasado el hoy exsecretario de la OEA, el inefable José Miguel Insulza- que implica “una injerencia” indebida en los asuntos internos de Venezuela. Léase, se inmiscuye en las violaciones sistemáticas y generalizadas de derechos humanos que el mismo Maduro irroga a su pueblo inerme y famélico.

Nadie en el hemisferio occidental, ni siquiera quienes rinden culto a la experiencia “revolucionaria” que inaugura el comandante Hugo Chávez y deriva, como tal experiencia y en sus efectos, luego de su muerte, en una tragedia social y humanitaria, no solo institucional y democrática, de proporciones inéditas, ahora se atreven a dudar de lo que es el gobierno instalado en Caracas, una verdadera satrapía narcocriminal.

Lo cierto es que, en su “ineditez”, como miseria o prostitución de la política, esta provoca un quebradero de cabezas. No plantea una cuestión política o ideológica, ni expresa una divergencia entre alternativas legítimas de poder o cosmovisiones acerca del ejercicio de la democracia.

No se trata de una controversia que, a pesar de la importancia geopolítica que adquiere Venezuela, por ser la joya de la corona cubana, plantee un choque agonal entre derechas e izquierdas; a pesar de que dichas perspectivas nominales representen un parque jurásico en pleno siglo XXI y acaso solo le interese sostenerla a los albaceas del Foro de San Pablo.

La estructura del Estado venezolano fue penetrada e integralmente cooptada -se le han zafado después de 17 años la Asamblea Nacional y el Ministerio Público- por el narcotráfico. De allí que la recuperación de dichos espacios por los jefes de los distintos carteles que se juntan bajo el paraguas de la organización pública les sea vital. Les plantea una cuestión de supervivencia. Tanta que, el régimen de la mentira que se instala bajo la Constitución de 1999 lo sacrifica esa tetrarquía mefistofélica, la de Nicolás Maduro-Cilia Flores-Diosdado Cabello, que son los verdaderos capos y quienes deciden sobre sus respectivos cómplices.

Han tirado por la borda a la democracia de impostura que los disimulaba y se han inventado a propósito una constituyente, inexistente en su configuración dentro del texto constitucional formal que tantas veces han violentado y se diera el propio Chávez. Lo confirma la Comisión de Venecia. Intentan recuperar “las rutas” perdidas, sin importarles lo que opinen los gobiernos extranjeros y la comunidad internacional en su conjunto, incluso el Mercosur.

¡Y es que el narcoterrorismo sabe y es consciente de tener más poder que el poder formal de los Estados y, como se constata, de poco sirve sobre las autopistas de la globalización, en las que gana el más rápido, quien mayor habilidad de movimientos demuestre!

¿No recuerdan, acaso, la igual acción desesperada que ejecutan de conjunto, en su momento, Chávez, Cristina Kirchner, y el señalado Maduro, para recobrar el territorio hondureño transitoriamente perdido a la caída de Manuel Zelaya? Estuvieron a punto de invadirlo con la complacencia y participación del propio Insulza, por lo que hoy se sabe y constata: el 75% de los vuelos del narcotráfico pasan por ese territorio, así como el 85% de la cocaína que transita desde el eje colombo-venezolano hacia el Norte.

Cuba y sus socios, en suma, no duermen ante el desmoronamiento que sufre Maduro. Estudian soluciones, pues este pone en riesgo el edificio de la narcopolítica del siglo XXI, que se oculta tras las vestimentas de la democracia y manipula sus estándares, prostituyéndolos, incluido el significado real de sus símbolos y palabras.

Lo insólito es que gobernantes que se precian de demócratas y sobre todo de decentes, alejados de imposturas, cuyos servicios diplomáticos y de inteligencia les mantienen cabalmente informados del acontecer real que subyace bajo la crisis venezolana y cobra víctimas mortales: las 100 de los jóvenes protestatarios de los últimos tres meses y las casi 30.000 de la violencia narcocriminal con la que cierra el año 2016, se comportan dudosos, son melifluos en sus decisiones ante esta.

Si acaso Tabaré Vázquez no sufre como médico, menos como estudiante parisino, los rigores de la dictadura militar uruguaya: se dice que apenas sufre un arresto policial a los 11 años, bien pudo mirarse en el rostro de quienes fueron víctimas de esta, en su propia patria, y desde ella mirar los rostros de los acribillados por las armas de Maduro antes de decir que no puede tener injerencia. Ha cambiado de ramo. De médico sanador del cáncer, muta en médico forense de nuestra democracia.

¿Dónde estaba, cuando en las escuelas políticas del siglo XX se enseñaba que ante las violaciones generalizadas y sistemáticas de derechos humanos -Hitler, Mussolini, Pinochet, Castro, Somoza, Videla, Bordaberry son los precedentes- jamás se admite tremolar la soberanía?

Los muertos, los torturados, los encarcelados por las dictaduras hacen responsables a los dictadores y a sus cómplices, es verdad. Pero más responsables son, quienes, llamándose o fungiendo de demócratas, por cobardía, “corrección política”, omisión, narcisismo, o por intereses electorales y vaya usted a saber por qué otra cosa, pavimentan el camino de los verdugos y meten zancadillas a los que les frenan.

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