Antonio Mercader
Antonio Mercader

Un Uruguay con menos analfabetos

El próximo jueves 8 de setiembre sería uno de esos días para estar orgullosos de ser uruguayos puesto que el mundo celebra el Día Internacional de la Alfabetización declarado por Naciones Unidas.

El próximo jueves 8 de setiembre sería uno de esos días para estar orgullosos de ser uruguayos puesto que el mundo celebra el Día Internacional de la Alfabetización declarado por Naciones Unidas.

Sería, dijimos, porque a pesar de que figuramos en el ranking entre los mejores de América Latina por nuestro bajo índice de analfabetos (1,6%) igualmente tenemos problemas.
Un problema es que además de esa minoría de iletrados absolutos contamos con más de 150.000 “analfabetos funcionales” mayores de 15 años, es decir gente que aprendió a leer y escribir, pero que en la práctica tiene dificultades para leer el cartel del ómnibus, el nombre de una calle o las preguntas de un simple cuestionario. A la situación de este grupo se añade una seria amenaza: que se lee tan poco en estos días que otras formas de analfabetismo tienden a crecer y desarrollarse entre nosotros.

Es que la lectura es la herramienta clave para superar el analfabetismo funcional y otras carencias en el manejo del idioma que limitan las posibilidades de abrirse camino en la vida. Por eso desde esta columna aplaudimos a comienzos de este año el anuncio del lanzamiento en Secundaria de un plan para difundir entre los liceales el hábito de leer. Sería conveniente que las autoridades de la enseñanza difundieran la evaluación sobre la aplicación de ese plan para saber si es posible masificarlo y extenderlo a Primaria.

Nadie niega las ventajas de alfabetizar digitalmente a los escolares como lo hace el Plan Ceibal, pero está claro que conjuntamente con la utilización de este instrumento hay que dotar a los niños de la capacidad de leer bien así como de escribir y de expresarse de la manera correcta. Las dificultades expresivas y el uso de un vocabulario cada vez más reducido se suman a la plaga de faltas de ortografía y de sintaxis que abundan incluso en las aulas universitarias, lo cual desnuda una carencia de fondo que el sistema educativo debe atender. Está en juego nada menos que la capacidad de aprender y la aptitud para verbalizar y usar lo aprendido.

Asentado el criterio de que la piedra fundamental en la materia debe colocarla el sistema educativo, es posible pensar en acciones que difundan el hábito de leer no solo entre las nuevas generaciones sino entre todas las capas de la población. Así, actividades como las maratones de lectura han probado su eficacia para acercar valiosos textos a grupos por lo común alejados de la lectura. Estimular la tarea de las bibliotecas públicas y enriquecer su acervo es otro de los mecanismos recomendables.

Un aporte estimable sería el empleo del canal oficial de televisión y de las radios estatales para desarrollar un programa de lecturas a cargo de personajes notorios, tal como se hizo con todo éxito en el pasado. Por otra parte convendría que esos medios, puestos al servicio de la alfabetización, emularan las experiencias de países vecinos que ofrecen ciclos de literatura, reflexión y cambio de ideas sobre libros y autores.

En definitiva, no se trata de propiciar una cultura libresca sino de dotar a todos de una herramienta esencial para que puedan ejercer a plenitud cualquier actividad y para que en nuestro país no existan analfabetos absolutos ni funcionales.

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