Antonio Mercader
Antonio Mercader

La telenovela de la semana

El cruce Maduro-Almagro fue lo más lastimoso de la semana. Parecía una pelea de patio de liceo. Maduro acusando al excanciller uruguayo de ser agente de la CIA. Almagro llamándolo “dictadorzuelo” y hablándole de niños muertos en hospitales venezolanos por falta de medicinas. Todo en tono de riña personal, con esa ira inspirada en el despecho de quienes alguna vez fueron íntimos: “conozco tus secretos”, amenaza Maduro; “no soy traidor, pero tú sí lo eres”, replica Almagro. ¿Qué es esta telenovela?

El cruce Maduro-Almagro fue lo más lastimoso de la semana. Parecía una pelea de patio de liceo. Maduro acusando al excanciller uruguayo de ser agente de la CIA. Almagro llamándolo “dictadorzuelo” y hablándole de niños muertos en hospitales venezolanos por falta de medicinas. Todo en tono de riña personal, con esa ira inspirada en el despecho de quienes alguna vez fueron íntimos: “conozco tus secretos”, amenaza Maduro; “no soy traidor, pero tú sí lo eres”, replica Almagro. ¿Qué es esta telenovela?

Del lado de Maduro hay lo que podía esperarse de un Chávez mal terminado y más tosco que no cree en la democracia. Le toca la ingrata tarea de cerrar el ciclo bolivariano de despilfarro y demagogia sin que el “socialismo del siglo 21” haya llevado otra cosa a su país que miseria y represión. No sabe cómo hacerlo por lo que da palos de ciego a la espera de que alguien -¿el ejército quizás?, ¿la gente en la calle?- decida por él. En tanto, prisión para opositores, hambre para el pueblo y groserías para sus críticos, entre ellos Almagro.

Erra Almagro al contestarle tuteándolo, en un estilo barriobajero inconcebible en un secretario general de la OEA. Cambia insulto por insulto olvidando no solo las reglas diplomáticas sino a la organización que representa. Si cree -como desde hace tiempo muchos creemos- que Maduro es un “dictadorzuelo” lo que debe hacer es convocar al Consejo Permanente de la Oea y pedir que se aplique la Carta Democrática para excluir a Venezuela del bloque. Es increíble que aún no lo haya hecho.

Si acaso estima que carece de votos suficientes para lograrlo al menos debería buscar el respaldo de países que piensan como él, entre ellos nada menos que Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Costa Rica, Estados Unidos, Honduras, Guatemala, México, Paraguay, Perú… y me detengo aquí para no llegar a Uruguay cuya política exterior en la materia es indescifrable (¡qué intríngulis para el Frente Amplio sería debatir ahora si condenar o no a Venezuela en la OEA!).

Pero este no es el camino elegido por Almagro. Él prefiere boxear en persona contra un presidente, bajo las brillantes luces del ring, con la mayor publicidad posible. Él, como siempre, está primero; la cancillería, la OEA o lo que le toque en suerte, van después.

Lo que le importa a Almagro es conservar el estrella- to aun a costa de golpear a un viejo socio bolivariano -amigo carnal hasta ayer nomás, como diría Di Tella- cuyo gobierno se está cayendo a pedazos.

En tanto, para contentar a la barra progresista y compensar lo de la CIA y otras acusaciones de proimperialismo, Almagro lanza guiñadas a la izquierda tales como plantear ridículamente que la OEA pida disculpas a los dinosaurios de Cuba por haberlos alejado de la organización durante décadas.

O más recientemente, su póstumo intento de apoyar a la destronada Dilma, cuya defensa en Brasil hoy ni siquiera intenta hacer su propio partido, el PT.

Epílogo festivo de la telenovela fue la tercería deducida por Mujica en el pleito entre su excanciller y el presidente venezolano a través de otra sus descabelladas frases: “A Maduro le tengo gran respeto, pero… está loco como una cabra”, calificó. Todo dicho con “gran respeto” (¿por las cabras, será?).

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