Antonio Mercader
Antonio Mercader

Entre Mujica y el sirio Diyab

Hay dos personajes clave en esta historia. Uno es Jihad Diyab, el otro es José Mujica.

Hay dos personajes clave en esta historia. Uno es Jihad Diyab, el otro es José Mujica.

Para entender al primero hay que catalogarlo como un militante que, a diferencia de los otros cinco refugiados llegados de Guantánamo que se van adaptando al Uruguay, está en pie de guerra. Niega haber trabajado para Al Qaeda, pero dice que tras estar preso 13 años apoya a la organización fundada por Bin Laden. Medios internacionales, y al menos una línea aérea, lo consideran un potencial terrorista, algo que sus excarceleros yankis no confirman ni desmienten.

Que es un problema serio para Uruguay no hay duda. Desde que llegó se las ingenió para ser noticia. El gobierno uruguayo insiste en que tiene libertad ambulatoria, pero sus dos salidas temporales del país -una a Buenos Aires, otra a Caracas- alarmaron aquí y en el exterior, y probaron además que Diyab no es libre. Además, nadie explicó cómo este sirio que camina con muletas viajó de Uruguay a Venezuela -¿quién lo ayudó?- desde donde lo devolvieron a Montevideo. Ahora, con su huelga de hambre y de sed, en estado comatoso, Diyab ha conseguido convertirse en asunto de Estado.

Qué se propone Diyab y cuál será su destino final son interrogantes de este lío que nos compró José Mujica durante su presidencia con argumentos tan dispares como que traía ex presos de Guantánamo por razones humanitarias o que lo hacía para canjearlos por naranjas. Sería de justicia poética que él se ocupara de solucionar el entuerto. Tiene suficiente fuerza política dentro de este gobierno y sobrados contactos y fama a nivel internacional, atributos con los cuales podría echarle una mano a Diyab y a Tabaré Vázquez.

En vez de eso, de momento se ha dedicado a lo que más le gusta, que es hablar. Ante todo a criticar al sirio a quien acusa de ser un ingrato que con su actitud individualista y egoísta emborronó el operativo, y se transformó en un ejemplo negativo para países de la región que también podrían albergar a otros egresados de Guantánamo. En estos días agregó un par de cosas sobre el tema que dejan dudas sobre la capacidad de raciocinio del ex presidente.

Una de Mujica: “No me arrepiento de haberlo traído porque estaba en una cárcel inmunda, pero mi error fue otro: no entender que ahora tienen ese aparatito que es el teléfono y se pueden comunicar con otras partes”. Que el promotor del lío nos diga que el problema es que Diyab tiene celular es de un simplismo casi tan inquietante como que reconozca que no previó que una vez en Uruguay el sirio usaría ese “aparatito”. El mismo Mujica que jura que los seis refugiados son libres y que no acordó con Estados Unidos retenerlos aquí, lamenta que Diyab se comunique con quien quiera como si eso fuera crucial.

Otra de Mujica: “Me equivoqué al pensar que estos eran como aquellos inmigrantes que bajaban de los barcos y venían a trabajar”. Es grave que en algún momento el entonces presidente de la República haya equiparado a los ex presos de Guantánamo con nuestros ancestros españoles, italianos, y otros tantos que vinieron a Uruguay a labrarse un porvenir.

Con ese tipo de razonamientos y con esos dos personajes en juego es posible entender por qué las cosas van de mal en peor.

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