Antonio Mercader
Antonio Mercader

La ministra tiró la esponja

Cuando asumió el ministerio de Educación y Cultura el año pasado se dijo que María Julia Muñoz llegaba para reforzar la conducción de la enseñanza. Se habló de su fuerte personalidad, de la confianza que Tabaré Vázquez le tenía y de su idea de alinear la educación al proyecto del nuevo gobierno. Al asumir Muñoz confirmó todo eso cuando dijo que actuaría “en forma conjunta” con los entes de la enseñanza para “construir juntos la hoja de ruta” a seguir.

Cuando asumió el ministerio de Educación y Cultura el año pasado se dijo que María Julia Muñoz llegaba para reforzar la conducción de la enseñanza. Se habló de su fuerte personalidad, de la confianza que Tabaré Vázquez le tenía y de su idea de alinear la educación al proyecto del nuevo gobierno. Al asumir Muñoz confirmó todo eso cuando dijo que actuaría “en forma conjunta” con los entes de la enseñanza para “construir juntos la hoja de ruta” a seguir.

Tan segura estaba que por entonces se atrevió a desmentir una promesa de campaña de Vázquez quien había anunciado que al fin de su mandato, en 2020, el 100% de los jóvenes estaría en el sistema educativo y un 75% terminaría la enseñanza media. Contundente, Muñoz negó que eso fuera posible sin que se anotaran reacciones en la Torre Ejecutiva.

Aquello se interpretó co-mo prueba del poder de Muñoz, capaz de frustrar las promesas presidenciales. Después, la integración de los cargos en enseñanza se presentó como un éxito de ella pues se dijo que había propuesto los nombres de quienes fueron ungidos. Para completar este cuadro de dominio su subsecretario y el nuevo director de Educación fueron presentados como expertos en asesorar a una ministra dispuesta a cambiarle el paso al sistema educativo.

Todo eso quedó en la na-da. La Anep, con sus consejos de Primaria, Secundaria y la UTU siguieron su marcha cansina al ritmo del tiem- po de José Mujica. Sus jerarcas se movieron este último año como si nada hubiera pasado mientras el mentado carácter de Muñoz solo afloró en su choque con los dos técnicos que querían reformar la educación y que fueron desplazados entre expresiones desdeñosas de la ministra. Hoy, pocos rastros quedan de aquel pujante comienzo. Tan pocos que la mayoría acepta que la educación seguirá barranca abajo, tal como viene ocurriendo hace más de una década.

En el presente queda una ministra que, sorpresivamente, por decirlo en términos de box, acaba de tirar la esponja al proclamar que los temas de la educación no le competen a su cartera sino a la Anep. Se lo dijo a un canal de tevé como zafando del asunto de forma definitiva. Es decir que se pasó de un extremo a otro del desacierto porque tan errado era suponer que ella podía mandar en la educación como esta actitud de resignarse a no intervenir.

Recordemos que la norma esencial para los entes de enseñanza es su autonomía prevista en la Constitución. Sobre esa base era utópico pensar que la ministra podía dictarles órdenes. Empero, la propia Constitución matizó ese principio autonómico dándole al ministerio la facultad de realizar la “coordinación” de todas las ramas de la enseñanza y así lo reiteró la ley de educación votada en 2008 por el Frente Amplio.

Esa norma obliga al ministerio a coordinar la labor (por lo común muy descoordinada) de los entes educativos pudiendo “emitir opinión sobre las políticas educativas e impartir recomendaciones a los entes”. Es decir que entre la avasallante ministra de 2015 y la resignada de 2016 hay una esfera intermedia de acción a la que Muñoz no puede renunciar. Se trata de la Comisión Coordinadora de la Enseñanza, órgano clave que la ministra debe convocar y presidir. No hacerlo equivaldría a renunciar.

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