Antonio Mercader
Antonio Mercader

Los inversores y los kung sang

Ahora que recorremos el mundo buscando inversores conviene recordar que cuando José Mujica era presidente solía decir que “a los uruguayos no nos gusta trabajar, somos medio atorrantes”.

Ahora que recorremos el mundo buscando inversores conviene recordar que cuando José Mujica era presidente solía decir que “a los uruguayos no nos gusta trabajar, somos medio atorrantes”.

Así lo proclamó ante un grupo de empresarios en Madrid, en 2013, para reiterarlo un año después en Washington con estas palabras: “No somos muy trabajadores, no nos matamos mucho para el trabajo”. Incluso llegó a elogiar el modo de vida de los kung sang, una indolente tribu africana, sin pensar que nadie invierte en un país en donde la gente no trabaja.

Un psicólogo explicó que esas ideas no provenían de un estudio serio sino que quizás expresaban la experiencia personal de un político con pocos antecedentes laborales. Tan pocos que apenas electo presidente de la República Mujica quiso votar en las elecciones del BPS y se lo impidieron porque no estaba en ninguna lista, ni en la de trabajadores ni en la de patrones. Para el mundo del trabajo no existía. Un papelón.

Desde entonces las encuestas mostraron que las creencias de Mujica sobre el tema eran erróneas y que a la mayoría de los uruguayos les gusta trabajar. Lo que pa-sa es que muchos, cerca de un 70%, están descontentos con su trabajo, según una investigación de Opción Consultores.

Entre las razones de la desazón varios analistas citan los salarios escasos, pocas perspectivas de ascenso y mala calidad de sus tareas.

Otra causa de desánimo es la carga del Estado sobre los salarios. Se calcula que de las ocho horas de trabajo diarias tres “se destinan” al pago de impuestos. Es una proporción alta que revela el pe- so del Estado sobre el sector más dinámico de la sociedad. A nivel internacional esa relación de tres sobre ocho ho-ras ubica a Uruguay en una franja de países como Gran Bretaña y Alemania (aunque sin recibir a cambio servi- cios públicos británicos o germánicos).

Lo dicho ayuda a enten-der por qué la productividad del trabajo en Uruguay si bien es aceptable a nivel latinoamericano es mucho peor que en países del primer mundo. Eso también puede explicar el ausentismo laboral en aumento y el incremento en estos años de las licencias por enfermedad, fenómenos que, era previsible, abundan más en el sector público que en el privado.

Todo lo cual llevó al director de Trabajo, Juan Castillo, a sentenciar que aquí “se perdió la cultura de trabajo”.

Es posible que así sea sobre todo por la débil formación que brinda la enseñanza -en particular en la media- de la cual emergen jóvenes sin conocimientos necesarios para acceder a un mercado laboral que exige destrezas muy distintas de las demandadas tradicionalmente. Con esa formación floja en el dominio de los oficios modernos así como en la aceptación de los valores básicos -el del trabajo entre ellos- es difícil que se difunda la cultura de trabajo.

Hoy Mujica ya no habla tanto de los kung sang, aquella tribu africana que admiraba y cuyos felices miembros trabajaban apenas dos horas diarias. Es que la realidad y la necesidad de buscar inversores extranjeros que apuesten al trabajo uruguayo deben haberle enseñado que los uruguayos no somos tan “atorrantes” y que debemos trabajar mucho para zafar de la crisis que él nos legó.

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