Antonio Mercader
Antonio Mercader

La importancia de llamarse Sendic

Si Raúl Sendic padre viviera no estaría conforme con la actuación de este hijo que lleva su nombre. Es que el fundador de los tupamaros era un hombre austero, de perfil bajo, más identificado con el hombre de campo que con los capitalinos pese a su formación universitaria. Es que Sendic padre tenía un título universitario, el de Procurador en leyes, algo que su rumboso hijo —que de rural tenía poco— nunca alcanzó a conseguir a pesar de que se las daba de Licenciado.

Uno no se imagina a Sendic padre comprando con tarjeta corporativa en los free shop ni calzando zapatos de marca ni dictando conferencias en Chicago. Sí se lo puede imaginar viviendo en la clandestinidad, insistiendo tercamente en armar una guerrilla imposible, discutiendo sobre una reforma agraria pasada de moda, idolatrando a Fidel Castro y estrellándose con la realidad de un país que terminó detestando la violencia desatada por los tupamaros diez años antes del golpe de Estado y la dictadura militar.

Es seguro que Raúl Sendic Antonaccio, el padre, no hubiera aprobado muchas de las cosas que hizo su hijo, Raúl Sendic Rodríguez. Por de pronto se sabe que discutieron y pelearon por razones políticas una vez recuperada la democracia. Al parecer Sendic Rodríguez era más radical que su progenitor, al menos en la etapa previa a su irrupción en el escenario mayor de la política nacional cuando saltó del Parlamento a Ancap, el ente que lo catapultó a la fama y a la ruina, todo a la vez.

Esas rencillas no le impidieron practicar lo que alguien, con acierto, denominó "porte de apellido". En la izquierda llamarse Sendic era un as que el renunciante vicepresidente capitalizó a pesar de las diferencias con su padre. Tan seguro estaba del poder de convocatoria de su apellido —y tan satisfecho de portarlo— que se atrevió incluso a desafiar a políticos de su generación cuyo nombre de familia también les aseguraba notoriedad.

Así fue que en la campaña electoral de 2014, la que terminó encumbrándolo en la vicepresidencia, Sendic Rodríguez se mofó de un político que prefería usar su nombre de pila en vez de su apellido. Fue una alusión a Pedro Bordaberry, cuyo apellido Sendic consideraba tóxico. También acometió contra Lacalle Pou, al que acusó oblicuamente de hacer carrera política basado exclusivamente en el apellido de su padre. "Hay algunos que tienen solo nombre y otros que solo tienen apellido", declaró sarcástico el entonces ascendente jefe de la lista 711.

Introducir de ese modo el tema de los linajes familiares en una campaña reveló la confianza de Sendic Rodríguez en la superioridad de su propio apellido. Una confianza alimentada por quienes conociendo poco el Uruguay y menos aún las andanzas de los tupamaros aún describen al fundador de los tupamaros como una suerte de héroe. Así lo hizo buena parte de la prensa internacional en el pasado y así lo repitió en estos días al comentar la renuncia del vicepresidente uruguayo al que presentaron como hijo del "legendario líder guerrillero".

Quizás esa fama es la que le dio alas a Sendic Rodríguez para hacer cualquier cosa seguro de que el nombre de su padre —al que tan poco se parecía— le serviría de escudo protector y garantía de impunidad. Le erró feo.

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