Antonio Mercader
Antonio Mercader

Historia reciente: Sendic vs. Sendic

En una parrafada contra “la derecha” y las denuncias de irregularidades en el caso Ancap, Raúl Sendic Rodríguez comparó esa situación con la existente antes del golpe de Estado de 1973. Según dijo, el golpe fue fruto del “desprestigio” de los políticos generado por las acusaciones de corrupción de “la derecha” para que “determinados sectores de la sociedad vieran como salvadores del país a quienes lo único que pueden hacer es hundirlo”. La referencia a los militares es clara.

En una parrafada contra “la derecha” y las denuncias de irregularidades en el caso Ancap, Raúl Sendic Rodríguez comparó esa situación con la existente antes del golpe de Estado de 1973. Según dijo, el golpe fue fruto del “desprestigio” de los políticos generado por las acusaciones de corrupción de “la derecha” para que “determinados sectores de la sociedad vieran como salvadores del país a quienes lo único que pueden hacer es hundirlo”. La referencia a los militares es clara.

El error es decir que una campaña de derecha, comparable a la actual sobre Ancap, fue la que desprestigió a las instituciones y provocó el golpe.

Esa interpretación de la historia reciente es ridícula. Si bien Sendic Rodríguez era por entonces un niño, podía esperarse que ya crecido leyera libros de historia reciente, incluidos los de adictos al movimiento tupamaro. De haberlos leído sabría que hubo una campaña de desprestigio de las instituciones democráticas, pero no de “la derecha” sino de la izquierda, y para ser precisos, de la izquierda liderada por los tupamaros dirigidos por su propio padre, Raúl Sendic Antonaccio. Por tanto, su crítica debió quedar en familia.

Es sabido que desde principios de los años 60 los tupamaros empezaron a batir el parche de que Uruguay tenía una “democracia de cáscara”, que los derechos eran meras declaraciones formales y que el sistema político expresaba el dominio de una clase social sobre las otras. Los documentos tupamaros describían a la justicia como “una farsa”, al Parlamento como institución “decadente” y al gobierno como un club de “corruptos ligados al latifundio y al poder financiero”.

Esa prédica pretendía generar las “condiciones objetivas” para iniciar la revolución, o sea generalizar el descontento para después canalizar la ira del pueblo en acciones armadas conducidas por los tupamaros. Así atentaron contra gobernantes, legisladores, jueces, fiscales e incluso periodistas. Otros golpes buscaron probar nexos de políticos con los negocios y el “imperialismo norteamericano”. Se quiso manchar la imagen de todos, co-mo lo mostró el intento de enlodar la reputación de Wilson Ferreira, de quien se dijo que estaba “financiado por la Esso”. Eran falsedades corrientes en un país surcado por rumores de corrupción.

Esta tarea de desprestigio de la democracia alcanzó su auge a comienzos de los 70, cuando guerrilleros presos colaboraron con militares en pesquisas sobre los “ilícitos económicos”. Juntos, tupamaros y militares interrogaron y torturaron a empresarios detenidos por las autoridades. Decían que la corrupción cundía en la sociedad y que debían combatirla. Al fin, los militares compraron algunas de las etiquetas tupamaras sobre la “democracia formal” y la “política corrupta”. Invocando esas ideas -y otras útiles para justificar su asalto al poder- cerraron el Parlamento en 1973. Y conste que quienes los hicieron salir de los cuarteles fueron los tupamaros con su siembra de resentimiento y sus loas a la lucha armada.

No fue “la derecha” la que causó el “desprestigio” y “una idea equivocada sobre la política” previo al golpe de 1973 como dice Sendic Rodríguez, sino la izquierda guerrillera fundada por Sendic Antonaccio, es decir su padre.

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