Antonio Mercader
Antonio Mercader

Que haya muchos Robert Silva

El éxito de Robert Silva en las recientes elecciones docentes debería servirnos a todos de lección. Es que este dirigente del partido Colorado se postuló a un cargo en el Codicen de la ANEP y lo consiguió contra viento y marea. Lo hizo a despecho de los gremios, del Pit-Cnt y de los consejos de colegas que le advirtieron “no te metas, es inútil luchar contra la izquierda sindical”.

Lo notable de Silva es que jugó con las cartas disponibles, es decir con las reglas establecidas para consolidar el poder gremial. No reclamó un cambio de barajas, no postuló reformas imposibles, sino que ganó en buena ley, peleándole a la izquierda en su propio terreno, o sea con militancia y participación en asambleas e interminables discusiones.

Podía haberse quedado en su cargo en el Instituto de Evaluación Educativa, tranquilo y con sueldo asegurado, para engrosar la legión de uruguayos que suele discrepar con la conducción gremial, pero que se niega a mojarse, a intervenir y a tratar de

El éxito de Robert Silva en las recientes elecciones docentes debería servirnos a todos de lección. Es que este dirigente del partido Colorado se postuló a un cargo en el Codicen de la ANEP y lo consiguió contra viento y marea. Lo hizo a despecho de los gremios, del Pit-Cnt y de los consejos de colegas que le advirtieron “no te metas, es inútil luchar contra la izquierda sindical”.

Lo notable de Silva es que jugó con las cartas disponibles, es decir con las reglas establecidas para consolidar el poder gremial. No reclamó un cambio de barajas, no postuló reformas imposibles, sino que ganó en buena ley, peleándole a la izquierda en su propio terreno, o sea con militancia y participación en asambleas e interminables discusiones.

Podía haberse quedado en su cargo en el Instituto de Evaluación Educativa, tranquilo y con sueldo asegurado, para engrosar la legión de uruguayos que suele discrepar con la conducción gremial, pero que se niega a mojarse, a intervenir y a tratar de cambiar las cosas. Es una actitud común entre afiliados y no afiliados a los sindicatos que acatan dócilmente lo que unos pocos deciden. Acatan sin rechistar, convencidos de que el poder gremial es imbatible.

Sin embargo, si se analiza la gesta de Silva se verá que no hay imposibles sobre todo porque en ese muro alzado en torno a la enseñanza había suficientes grietas como para intentar la aventura. A lo largo de este 2015, con casi un mes de paros en los liceos montevideanos y alteraciones de todo tipo en los cursos, un alto porcentaje de docentes -la mitad o más según los centros y su localización geográfica- no adhirieron a los paros. Esa masa silenciosa de docentes que concurrió a los liceos pese a todo demostró en los últimos meses una tendencia creciente a desoír las directivas gremiales.

El descontento se reflejó en las cifras de la votación. En el caso del Codicen de la ANEP la mitad -¡la mitad!- de los electores votó en blanco o anulado. En las elecciones para los consejos de Primaria, Secundaria y UTU ese grupo de docentes que quiso cumplir a reglamento su obligación de sufragar pero sin apoyar a nadie en concreto estuvo en torno al 40%. Pocas veces se vio un rechazo tan fuerte al oficialismo sindical.

Estos datos son similares a los de elecciones realizadas en gremios de otros ámbitos de la educación o fuera de ella en casos en donde la situación es peor y los dirigentes sindicales que dicen representar a la totalidad de los trabajadores son apenas una minoría. Una minoría activa, mañosa y bien organizada que se mueve ante una masa inerte e inerme de gente que no se atreve a militar y a decir “¡basta!”.

Hacerlo, como hizo Robert Silva, impone sacrificarse, exponerse, arriesgarse a ser tildado de “politiquero”, “amarillista”, “carnero” y otras lindezas por el estilo. Resistir esa presión, cumplir con todos los requisitos, sortear los escollos del camino, armarse de paciencia y pelear voto a voto en la cancha sindical es una tarea dura, pero a la larga gratificante cuando se confirma que son muchos los discrepantes dispuestos a enrolarse detrás de las banderas de la sensatez.

Ojalá que este éxito de Robert Silva sirva de ejemplo a cuantos no se sienten representados por sus dirigentes sindicales. Sólo se trata de atreverse.

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