Antonio Mercader
Antonio Mercader

Etarras en Fuenteovejuna

A todos y en especial a los incautos que alguna vez creyeron en las virtudes de la ETA (que en estos días entrega las armas) les aconsejo leer “Patria”, una novela del español Fernando Aramburu, que retrata la maldad de la banda terrorista que asesinó a más de 800 personas en España. Aramburu muestra cómo los etarras, pulsando la tecla del nacionalismo, sembraron temor y odio entre los vascos, sentimientos que envenenaron la vida de una región, en especial en los pueblitos como el que ambienta el libro.

A todos y en especial a los incautos que alguna vez creyeron en las virtudes de la ETA (que en estos días entrega las armas) les aconsejo leer “Patria”, una novela del español Fernando Aramburu, que retrata la maldad de la banda terrorista que asesinó a más de 800 personas en España. Aramburu muestra cómo los etarras, pulsando la tecla del nacionalismo, sembraron temor y odio entre los vascos, sentimientos que envenenaron la vida de una región, en especial en los pueblitos como el que ambienta el libro.

La “juventud alegre y combativa” adicta a la causa separatista es terreno propicio para los conjurados que sueñan “liberarse de España” y hacer patria a punta de pistola. Los convoca el sueño de Euzkadi independiente mezclado con vagas ideas socialistas y la seducción de la clandestinidad. El bautismo de fuego para los nuevos son actos callejeros, amenazas y “pintadas” contra los pro- españoles, pedreas a los policías y, por fin, el training militar en donde aprenderán, entre otras cosas, a pegar tiros en la nuca a víctimas indefensas. Para los etarras no había neutrales.

En este espeso caldo de cultivo nace la historia de dos familias amigas que terminan enfrentadas por lo que llaman “la política”, o sea la violencia descarnada en distintos grados. La sufre uno de los jefes de estas dos familias, Txato, un vasco cabal, pequeño empresario exitoso, extorsionado por la ETA para que pague el impuesto revolucionario. Si bien Txato cede al principio, cuando las demandas crecen decide encarar a los etarras.

Lo que pasa después es sorprendente. No sólo lo amenaza la banda terrorista, sino que el pueblo entero -una suerte de Fuenteovejuna, pero del mal- se le echa encima, incluida la familia amiga que ya no lo es tanto. Los grafitis acusan a Txato de “español” y “traidor” mientras otros presagian su muerte. El hombre, acosado, sigue sin ceder mientras sus acobardados amigos cruzan la calle para no saludarlo y su mujer e hijos reciben el desprecio de los vecinos. El clima se les torna irrespirable y el crimen no tarda en consumarse: Txato muere baleado por la espalda. Nadie se solidariza con sus familiares. El pueblo -“todos a una”- los trata como sarnosos.

El asesino puede ser un vecino, el hijo de un amigo, quizás aquel joven al que Txato enseñó a andar en bicicleta. Quién sabe. En todo caso, ese verdugo graduado de matón profesional circula por el pueblo como un patriota. Se le respeta porque es un “gudari” aunque apenas sepa hablar euskera y no entienda mucho de socialismo y revolución. Pronto conocerá su destino: arresto y condena a prisión equivalente a cadena perpetua.

Lo que sigue es conocido: la ETA se retira, algunos líderes se entregan y delatan. En tanto la cúpula claudica, activistas como el asesino de Txato se pudren en la cárcel, admiten sus errores y hasta repudian a la banda como hizo uno de los tres etarras que en 1994 simularon una huelga de hambre en el montevideano hospital Filtro, origen de una trágica asonada estimulada por la ETA y los tupamaros. Aquellos tres del Filtro fueron juzgados y condenados por asesinos, igual que el que mató a Txato, algo imposible de olvidar mientras se lee esta conmovedora novela.

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