Antonio Mercader
Antonio Mercader

Concertación para ganar el Uruguay

Tres triunfos consecutivos del Frente Amplio en las elecciones nacionales debieran servir de lección a los partidos tradicionales sobre lo que conviene hacer en el futuro. Lo primero sería aprender a conjugar un verbo muy utilizado por la izquierda en la última década: acumular.

Tres triunfos consecutivos del Frente Amplio en las elecciones nacionales debieran servir de lección a los partidos tradicionales sobre lo que conviene hacer en el futuro. Lo primero sería aprender a conjugar un verbo muy utilizado por la izquierda en la última década: acumular.

De eso se trata, de la acumulación de fuerzas como suele decirse.Pasó el tiempo de mirar por encima del hombro y de calificar de “colcha de retazos” a esa coalición de veintitantos partidos de izquierda. Una coalición que logró el milagro de unir a socialdemócratas, tupamaros, comunistas, democristianos y anarquistas, por citar algunos que componen el FA. En sus filas alternan discípulos de las grandes universidades yanquis con personas que cuestionan la esencia misma del sistema capitalista en que vivimos, o elogian a la dictadura cubana y a la guerrilla de las FARC. Una conjunción asombrosa, única en su género, de la que puede extraerse algunas lecciones.

Una de ellas es que para enfrentar una coalición tan amplia, heterogénea y exitosa nada mejor que otra coalición: la de los partidos tradicionales. Blancos y colorados tienen mayor comunidad de ideas que los frentistas y una forma similar de ver al país y sus problemas. Hace más de un siglo que enterraron las armas y desde entonces han aprendido a convivir entre ellos, e incluso a compartir el poder en gobiernos de coalición, entonación nacional o como se les llame.

Últimamente aprendieron también a convivir en la oposición. Al principio lo hicieron a través de acuerdos de hecho, a nivel departamental, en donde colorados y blancos sumaron votos en torno al candidato con más chance de derrotar al FA. Ese proceso supo de pactos que fueron tácitos al comienzo y se tornaron cada vez más explícitos hasta llegar a la Concertación en Montevideo, fruto de un convenio formal, de derecho, entre ambos partidos tradicionales, para competir con la izquierda en mayo próximo por la conducción de la Intendencia de Montevideo.

La realidad indica que el país político está partido en dos mitades. Una mitad comparece unida ante las urnas; la otra no. Es fácil deducir que mientras eso siga así la mitad unida seguirá ganando las elecciones nacionales.

Así como en el FA debieron superar grandes resistencias para coaligarse finalmente en 1971, también hay blancos y colorados que discrepan con la idea de la Concertación y que ven en ella una suerte de traición a los lemas históricos. Recordemos, por poner un ejemplo, que lo mismo les pasó por la cabeza a democristianos y socialistas chilenos, viejos adversarios que cogobiernan el país trasandino. Ellos supieron, como tantos otros partidos en el mundo, limar diferencias y hacer causa común sin perder su propia identidad. Porque en ningún caso se trata de una fusión en donde el partido se desvanece, sino que vive y lucha dentro de una entidad superior con vocación de gobierno.

Con esa perspectiva se creó el Partido de la Concertación: para mejorar la chance de llegar a la conducción de la Intendencia de Montevideo que lleva 25 años en manos del FA con pobres resultados; para darle a los capitalinos una opción que no sea repetir la mala experiencia de las “heladeras”; y sobre todo -es la opinión de quien esto escribe- para marcar el camino hacia la concertación nacional entre blancos y colorados, instrumento indispensable para vencer.

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