Antonio Mercader
Antonio Mercader

La carrera de Luis Almagro

La foto fue captada en Panamá en abril del año pasado durante la VII Cumbre de las Américas. Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, posa junto a Luis Almagro, ya elegido secretario general de la OEA. Ambos rebosan de satisfacción con sus sonrisas a boca llena. Maduro abraza a Almagro, quien parece cobijarse bajo el hombro del presidente, media cabeza más alto. La mano izquierda de Maduro se posa sobre el hombro de Almagro en un ademán entre protector y cariñoso.

La foto fue captada en Panamá en abril del año pasado durante la VII Cumbre de las Américas. Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, posa junto a Luis Almagro, ya elegido secretario general de la OEA. Ambos rebosan de satisfacción con sus sonrisas a boca llena. Maduro abraza a Almagro, quien parece cobijarse bajo el hombro del presidente, media cabeza más alto. La mano izquierda de Maduro se posa sobre el hombro de Almagro en un ademán entre protector y cariñoso.

Es el reencuentro de dos viejos amigos que intimaron cuando eran, respectivamente, cancilleres de Venezuela y Uruguay. Uno representaba a Chávez, el otro a Mujica. En ese tiempo los dos querían poner la diplomacia al servicio del “socialismo del siglo 21”, esa idea nebulosa del populismo bolivariano. Una idea grata para el canciller uruguayo, admirador del chavismo y militante del MPP desde el momento en que, según él, “profundizó en los conceptos de liberación nacional y socialismo”.

Contemplando esa foto nadie hubiera dicho que seis meses después de aquel abrazo en Panamá esa mano que casi acariciaba la nuca de Almagro se levantaría ante las cámaras de tevé para reforzar el insulto contra su viejo amigo: “señor basura”, lo calificó, y eso no fue lo más duro de la diatriba que siguió. Es que Almagro había cambiado de ideas más rápido de lo que se cocina un panqueque para convertirse en el gran defensor de la democracia venezolana y en el azote de Maduro. Para los sorprendidos chavistas su examigo y exadmirador, ahora encaramado en la OEA, se había convertido en “traidor”.

No se habrían sorprendido tanto si antes de votarlo para dirigir la OEA los venezolanos hubieran estudiado su cu- rrículo. Porque el zigzagueo político es una constante en la carrera de Almagro. Blanco de origen, primero militante de Divisa Blanca, se pasó al Movimiento de Rocha y más tarde a Propuesta Nacional, el sector de su jefe, el entonces canciller Álvaro Ramos. A comienzos del 2000, como San Pablo camino de Damasco, cayó iluminado por Mujica y desde entonces repitió a quien lo quisiera oír que “lo que más quiero en este mundo es que Pepe sea presidente”. Una vez coronado su sueño y ungido canciller se proclamó socialista y antiimperialista a ultranza.

Fue Almagro quien bajo el gobierno de Mujica desató otra vez la batalla por la ley de caducidad y la discusión sobre su vigencia y anulación. Por aquellos días, Jorge Saravia, que por blanco y emepepista lo conocía bien, advirtió que al levantar la bandera de los derechos humanos y congraciarse con las ONG, antes que perseguir un ideal, Almagro estaba “haciendo carrera” para algún organismo internacional. Acertó.

Mujica y el Frente Amplio se jugaron por su candidatura. Uruguay negoció y canjeó votos con los treinta y tantos países de la OEA para conseguirle apoyos. Poco a poco, extrañamente, los demás candidatos al cargo se fueron retirando y Almagro quedó solo en carrera con un apoyo inesperado dados sus antecedentes: el de Estados Unidos que, como se sabe, es el gran financiador de una OEA empobrecida. Una vez más Almagro cambió de monta, dejó pegados a Mujica y al Frente Amplio, y se puso del lado del sol que más calienta. Esa es la auténtica causa de su correcta gestión en el caso venezolano. Como profetizó Jorge Saravia, el hombre sigue en carrera.

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