Antonio Mercader
Antonio Mercader

Bonomi y la politiquería

El anuncio de que Bonomi seguirá en el ministerio del Interior si gana Vázquez le está costando caro al Frente Amplio. A estas alturas el candidato frentista no puede retirar a Bonomi sin disgustar a los radicales del llamado “megabloque” (MPP, comunistas, Sendic). El nombramiento anticipado de un ex –tupamaro en Interior sirvió para calmarlos y compensar la nominación de Astori en Economía. Así, la explicación de la sinrazón está en la interna frentista y los equilibrios políticos que Vázquez debe cuidar.

El anuncio de que Bonomi seguirá en el ministerio del Interior si gana Vázquez le está costando caro al Frente Amplio. A estas alturas el candidato frentista no puede retirar a Bonomi sin disgustar a los radicales del llamado “megabloque” (MPP, comunistas, Sendic). El nombramiento anticipado de un ex –tupamaro en Interior sirvió para calmarlos y compensar la nominación de Astori en Economía. Así, la explicación de la sinrazón está en la interna frentista y los equilibrios políticos que Vázquez debe cuidar.

Los no-frentistas, es decir más de la mitad del país, no creen que Bonomi logre en su segundo quinquenio lo que no pudo en el primero. Uruguay figura entre los diez países con la tasa de rapiñas más alta per cápita y los delitos graves como los homicidios siguen creciendo. Y de nada vale decir que las calles porteñas o paulistas son más peligrosas porque los uruguayos no nos comparamos con la región sino con nuestro pasado reciente más seguro y menos enrejado.

Tampoco vale repetir el sonsonete de las causas sociales del delito, la teoría con la que el Frente Amplio llegó al poder y que José Díaz interpretó al liberar cientos de presos y preocuparse más por el criminal que por sus víctimas. Atacar las causas sociales no es la fórmula mágica pregonada durante décadas por la izquierda como el propio Bonomi lo insinuó hace un tiempo al decir que “no hay un correlato entre el descenso de los delitos y el mayor crecimiento económico”.

N el Mides, ni las políticas sociales ni la relativa prosperidad de estos años de bonanza frenaron la ola delictiva. Hoy está probado que el gran elemento disuasivo del delito es el temor del delincuente a ser detenido. La mayor tecnificación policial —ilustrada por la serie televisiva CSI— va reduciendo la cifra de ilícitos impunes y advirtiéndole al malhechor que será atrapado. De Japón a Inglaterra, de Estados Unidos a Estonia, el mundo va confirmando ese camino.

En Uruguay, en tanto, hay en la izquierda quienes insisten en argumentar que las “políticas inclusivas” y la lucha contra las llagas del capitalismo aportarán la solución. Hay incluso quienes intentan justificar el fracaso frentista en la materia aduciendo que los delincuentes de hoy son los niños pobres de ayer, o sea amparándose otra vez en “la herencia maldita”. Ya se sabe que entre sus filas abundan los que ponen cara de “yo no fui”, siempre prestos a aducir que la culpa la tuvo otro.

En 2009, la propaganda pro–Mujica presentó a Bonomi como futuro ministro del Interior diciendo que era capaz de afrontar “las misiones donde no está permitido fracasar”. Aunque no se aclaraba de dónde procedía esa fama del nombrado, el Frente Amplio confiaba en que él reduciría la sensación de inseguridad. Lejos de ello las encuestas cantan que no lo consiguió y que esa sensación —nada “térmica”— es la mayor inquietud de los uruguayos con porcentajes peores que los de hace cinco años. Empero, la necesidad de balancear la interna frentista le impone a Vázquez conservarlo en el cargo. Es politiquería pura en perjuicio de los uruguayos.

Ni el tono melifluo de Vázquez, ni la actitud desafiante de Bonomi ni la “boutade” de Michelini sugiriendo que Bordaberry será ministro del Interior de Lacalle Pou logran disimular el fracaso de la política de seguridad frentista. Un fracaso que el pueblo uruguayo paga cada día con temor y sangre.

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