Anibal Durán
Anibal Durán

El grifo abierto...

El grifo tiene muchas acepciones. Aquí será empleada como llave de metal que colocada en boca de cañerías regula el paso del líquido; una suerte de metáfora referida al sector de la construcción privada.

El grifo tiene muchas acepciones. Aquí será empleada como llave de metal que colocada en boca de cañerías regula el paso del líquido; una suerte de metáfora referida al sector de la construcción privada.

Y en la construcción privada y específicamente en vivienda, el grifo lo maneja el promotor privado y él determina cuándo una obra comienza o no comienza. Él determina si justifica comprar un terreno para en un futuro iniciar un emprendimiento inmobiliario. Y en general y de acuerdo a mi experiencia en el tema, de varios lustros, el promotor es un hombre que no andaba con muchos miramientos a la hora de iniciar un emprendimiento. Pese a que hablamos de mucho dinero. El promotor privado sin previo estudio de mercado, sin utilizar esas técnicas modernas que le pintan el panorama de la demanda, se lanzaba al agua, no solamente pensando en la utilidad probable del negocio, sino además, por la pasión por su oficio, por el anhelo de construir, por el aporte que sabía hacía a la ciudad, convirtiendo un terreno o una casa sin mayores pretensiones, en un vistoso edificio de propiedad horizontal.

Hemos escrito y hablado hasta el hartazgo del círculo virtuoso de la obra: pequeñas industrias proveen de insumos a la misma, profesionales de diversos tópicos comienzan a dar sus servicios en pos de la misma causa, las inmobiliarias tienen nuevo material para ofrecer y la mano de obra obrera se frota las manos (o debería pasar), porque vuelve a haber trabajo. Además de ello, se nutren de dinero los organismos fiscales, nacionales y departamentales, con la carga tributaria a aportar. Hasta la Caja de Profesionales Universitarios (y luce como un despropósito), recibe su aporte cuando el promotor inicia su obra: un 4% de los salarios de la obra van a parar a dicha Caja. Infame por decir lo menos, que eso suceda. La Asociación de Promotores Privados de la Construcción del Uruguay en su momento argumentó por este dislate y logró que el aporte bajara en un 2% (era el 6), pero debería eliminarse sin más trámite, con el agravante en estos tiempos, que estamos transitando por un camino donde no existe el incentivo para invertir. Y no nos referimos solo al dinero y lo costoso que es construir una vivienda. Apuntamos además a una actitud obrera que no se compadece con el momento que se vive. Pero los hechos se suceden: no hablamos solamente de la productividad que si bien en otros rubros ha aumentado, en la construcción ha sucedido lo contrario. Nos referimos a algo previo: nos referimos a una buena disposición hacia el trabajo que necesariamente debe tener el obrero.

Que la debe tener como un valor en sí mismo, pero que la debe redoblar en estas épocas donde el trabajo merma y la lista de obreros aportantes al BPS viene decreciendo. Claro que el promotor debe ser serio, profesional, cumplir a rajatabla con sus obligaciones y velar por la salud y seguridad del obrero. Es pertinente comenzar a buscar incentivos para que el promotor continúe su inversión. Decíamos que años atrás compraba el terreno, diseñaba, construía y al final veía si ganaba o perdía. Pero los tiempos han cambiado y las circunstancias también. Hoy los números cantan y cantan grueso. Los costos treparon sin remedio. Y cuando se pasa raya, la utilidad, si existe, es mínima. Y recordar que el proceso de un proyecto inmobiliario insume casi un lustro, desde que se pone pensamiento en él hasta que se vende la última unidad y en el ínterin hay estrés para rato. No es confeccionar y vender una camisa. Es estar al socaire de casi cinco años de cambios económicos, de cambios en la metodología de trabajo, de la productividad en general que mejora o no, de conseguir personal idóneo o no… en fin, las variables son infinitas.

Vendrá el año entrante, el consejo de salarios del sector. Ojalá exista un sinceramiento de la situación del sector y no se aporten argumentos falaces. Esperemos no sea una pelea sin cuartel, a ver quién reivindica más cuestiones, en vez de bajar la pelota al piso y tener el objetivo de mantener abiertas las fuentes de trabajo.

No es época de balbuceos tontos y sin fundamentos; no es época de reivindicar cosas sin sentido ni que las cuestiones ideológicas primen en la relación laboral y esta se deteriore, precisamente por ese elemento extraño al trabajo. Si la actitud no es de buena fe, el promotor no abrirá el grifo y allí habrá pérdida cuantiosa para todas las partes, pero el daño mayor se le causa a la parte más débil…

Para todas las partes reivindicamos dignidad y no dejar aperos por el camino, pero a todo ello agreguemos sentido común.

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