Andrés Oppenheimer
Andrés Oppenheimer

Un premio escandaloso

Parece un chiste, pero no lo es: Venezuela, un país con una alarmante escasez de alimentos, donde la gente tiene que hacer largas colas para encontrar leche, harina o carne, acaba de recibir un premio de la Organización para la Agricultura y la Alimentación de las Naciones Unidas (FAO) por sus supuestos logros en la lucha contra el hambre.

Parece un chiste, pero no lo es: Venezuela, un país con una alarmante escasez de alimentos, donde la gente tiene que hacer largas colas para encontrar leche, harina o carne, acaba de recibir un premio de la Organización para la Agricultura y la Alimentación de las Naciones Unidas (FAO) por sus supuestos logros en la lucha contra el hambre.

Cuando leí la noticia, y las declaraciones del presidente venezolano, Nicolás Maduro, vanagloriándose del premio, mi primera reacción fue pensar que lo había inventado. Después de todo, Maduro ha dicho que se comunica con el fallecido presidente Hugo Chávez a través de un pajarito, y afirma que Venezuela - que tiene la inflación más alta del mundo y la economía que menos crece de América Latina - es un modelo económico para el resto del mundo.

Pero tras una entrevista telefónica con un funcionario de alto rango de la FAO, me enteré de que -efectivamente - la agencia de la ONU había otorgado el premio a Venezuela y otros 71 países en una ceremonia durante la 39ª Conferencia de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, celebrada en Roma la semana pasada.

Maduro, así como la presidenta de Argentina, Cristina Fernández, otra de las beneficiarias de estos galardones, hicieron una fiesta propagandística de sus premios de la FAO. Los medios de comunicación oficiales de ambos países casi ni mencionaron que la FAO también premió a Brasil, México, Chile, Uruguay, Perú, Nicaragua, Costa Rica, la República Dominicana y varios otros países.

Gran parte del pueblo venezolano no podía con su asombro ante la noticia del premio.

Irónicamente, el propio régimen de Maduro reconoce que hay una gran escasez de leche, carne, pollo, café, arroz, aceite, harina y varios otros productos de primera necesidad. Maduro alega que la escasez se debe a una supuesta “guerra económica” desatada por “la oligarquía”.

En Argentina, los medios progubernamentales difundieron triunfalmente el discurso de Fernández en la ceremonia de la FAO, en el que afirmó -contra toda evidencia- de que Argentina redujo la pobreza a menos del 5% de la población. Su jefe de gabinete, Aníbal Fernández, dijo poco después que la tasa de pobreza de Argentina es menor que la de Alemania.

Muchos argentinos no podían creer semejante disparate y se volcaron a las redes sociales con todo tipo de bromas, tales como proponer colectas benéficas para enviar alimentos, medicinas y colchones para los supuestamente “pobres” habitantes de Alemania.

El gobierno argentino es conocido por inventar sus estadísticas económicas, que no son aceptadas por el Fondo Monetario Internacional. Según el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina, el 27.5% de la población argentina es pobre. Comparativamente, menos del 4% de la población alemana es pobre, de acuerdo con economistas internacionales.

Además, Alemania define como pobres a quienes tienen ingresos de menos de US$ 13,164 al año, mientras que el gobierno argentino considera pobres los que ganan menos de US$ 2,258 al año.

Pareciera ser que, en su afán de protagonismo, la FAO le dio premios a todo el mundo, sin importar que algunos fueran países que - como Venezuela y Argentina - inventan sus estadísticas, y que han despilfarrado sus recientes bonanzas económicas producto de los altos precios de las materias primas en fiestas populistas que han destruido sus economías.

En una entrevista telefónica desde Roma, el director de estadísticas de la FAO, Pietro Gennari, me dijo que la FAO otorgó los premios en base a los logros de los países desde el año 2000 al 2015. Además, en el caso de Venezuela y otras naciones, los premios se basan en estadísticas de hace dos o tres años, agregó.

“Basamos nuestros cálculos en los datos proporcionados por los países, y por sus oficinas nacionales de estadística”, me dijo Gennari. “Estas estimaciones a veces son un poco viejas. No podemos tener en cuenta los últimos acontecimientos en cada país”.

Mi opinión: ¿en serio? ¿El organismo de la ONU encargado de la lucha contra el hambre le da un premio a un gobierno caótico y corrupto que genera una escasez generalizada de alimentos, y su excusa es que se basa en estadísticas poco confiables de ese gobierno? ¿Y, para colmo, estadísticas viejas?

La FAO (al igual que el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, que tiene a Cuba, China y Arabia Saudita entre sus miembros) hace difícil tomar en serio a las agencias de la ONU.

Dar premios a los gobiernos de Venezuela y Argentina equivale a premiar a los que inventan sus estadísticas, tal como la mayoría de los economistas independientes lo pueden atestiguar. Lo que hizo la FAO no solo es irresponsable, es escandaloso: le dio munición propagandística a gobiernos cuyas políticas a la larga generan más pobreza, y más hambre.

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