Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Vecinos

La vecindad es la condición política primera, la que habilita a las otras, en el camino de construcción de la ciudadanía. Porque los que se reconocen como habitantes del mismo lugar (de “solar conocido” se decían en la colonia) son los que comparten los asuntos y toman decisiones que afectan al común.

La vecindad es la condición política primera, la que habilita a las otras, en el camino de construcción de la ciudadanía. Porque los que se reconocen como habitantes del mismo lugar (de “solar conocido” se decían en la colonia) son los que comparten los asuntos y toman decisiones que afectan al común.

Quienes no tenían vecindad eran los hombres sueltos de la campaña, para los cuales había muchas expresiones que los (des)calificaban a la vez que definían: gauderio, gaucho, vagamundo. Su condición errante, que evocaba las tolderías indígenas; su no reconocimiento a la ley; su actitud depredadora del entorno ganadero; su desapego respecto a la vida propia y a la ajena, todo, lo convertía en el temible “otro”.
Fueron sus participaciones en el proceso independentista primero y en las guerras civiles del siglo XIX después, las que le hicieron un lugar en el relato nacional, esa historia de los orígenes, a la vez ecuestre y heroica. El monumento que le rinde homenaje se erigió después -y solo después- que el alambrado, el ferrocarril y el Código Rural lograran neutralizar a aquel “no-vecino” que distorsionaba la economía, era socialmente agresivo y se resistía al control estatal.

Cuando el actual presidente Vázquez inició su carrera política utilizó la voz vecinos, que desde ese momento se resemantizó políticamente, pasando de las ferias y veredas hasta el escenario electoral, en el cual expresó la cercanía y empatía con el colectivo que el candidato procuraba demostrar como uno de sus atributos. Décadas después, la voz sigue describiendo el reconocimiento de aquellos con quienes compartimos calles, instalaciones, parques e impuestos, a la vez que -para otros- encierra además una suerte de guiño entre quienes comparten una identidad política partidaria que se da por sobreentendida.

En el predio del barrio El Tobogán, en medio de la búsqueda de los cadáveres de dos jóvenes presumiblemente torturados y enterrados allí, apareció, sorpresivamente, otro cuerpo. Alguien muerto hace más de un año atrás, que no había sido denunciado como desaparecido. ¿Ni familia, ni amigos, ni almacenero o barista que echara de menos su presencia? Ante la ley, al menos, no constaba su desaparición. Jorge Agustín Basualdo, pese a tener incluso sobrenombre conocido (“el Pitín”), no generó la categoría políti-ca de vecino, esa que implica responsabilidades y otorga derechos, al compartir los espacios en que todos somos ciudadanos.

El nexo con el estado que administra el colectivo que somos está deteriorado o directamente roto en tramos enteros del tejido social. Que la policía, los maestros y los médicos tengan miedo y dificultades para acceder a ciertas zonas de Montevideo es el dato que acaparó las primeras planas en las últimas horas, pero los huesos del Pitín son aún más elocuentes como diagnóstico de lo que nos sucede. Quienes lo conocían no confiaron en las institucio- nes para denunciar lo que sucedía y/o fue más fuerte el miedo a los otros poderes armados que rivalizan con el estatal. ¿Territorios de hombres sueltos de la ciudad, de gauderios urbanos? Peor: barrios que nada esperan del resto de la ciudad ni de la ciudadanía, la cual -en triste correspondencia- nada bueno espera de ellos.

Derrotas cívicas que nos cercan e inculpan a todos.

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