Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Tristán Narvaja

En la feria de Tristán Narvaja se venden retratos de gente ya muerta, con las mejillas coloreadas y ropa de gala. Una italiana que supera los 70, con el cabello teñido de rubio recogido en un moño, mucha bijouterie y los labios rojos, vende teteras inglesas bajo un improvisado toldo verde de nylon.

En la feria de Tristán Narvaja se venden retratos de gente ya muerta, con las mejillas coloreadas y ropa de gala. Una italiana que supera los 70, con el cabello teñido de rubio recogido en un moño, mucha bijouterie y los labios rojos, vende teteras inglesas bajo un improvisado toldo verde de nylon.

Una mesa cubierta de libros de medicina denota que ha muerto algún viejo médico; una hilera más atrás se agolpan novelas y ensayos en francés. Los clientes son asiduos y se saludan entre sí: profesores jubilados, coleccionistas eruditos, jóvenes obsedidos por los cómics, algún connotado político.

Una asiática de mediana edad recorre las múltiples arterias en las que se abre la feria, transportando con paso ágil un carrito repleto de empanadas. Las ofrece a buen precio, en tres variedades y prolijamente envueltas en servilletas blancas. Varios puestos ofrecen tortas fritas; un brasileño radicado en Montevideo desde hace 17 años vende bollos de pollo frito; una pareja joven, con rastras y aire beatífico, vende granola artesanal. En cada cuadra hay un medio tanque que humea.

En una esquina alguien interpreta “A media luz” con un bandoneón prestado, porque le robaron el suyo. El ritmo del tango entusiasma a varios, pero los acordes no logran silenciar las tratativas que se realizan medio metro más allá, a propósito del precio de unos zapatos femeninos usados, número 38, de color negro.

En la cuadra siguiente se agolpan las más variadas llaves mecánicas y una colección de Primus con letreros de “funcionando” o -Brasso mediante- convertidos en pies de lámparas. Apilados en una mesa, decenas de recortes de telas de la vieja Sudamtex son un elogio tardío a la industria que no pudo seguir siendo.

Pese al mal tiempo, dos veteranos se abren paso en la vereda para escribir con alquitrán una condena a toda autoridad. En la siguiente fachada, con su rebeldía reumática pero intacta, estampan un elogio del anarquismo. Luego montan en sus bicicletas y dejan la feria atrás.

Varios turistas brasileños preguntan precios. Hay gente que pasea con sus perros entre el mar de piernas y cajones de mercaderías. Tres chinos, hablando un mal inglés, intentan comprar una medalla histórica con el rostro de José Enrique Rodó. “Cuatro dólares”, dijo el vendedor. “¿Cuarenta?”, preguntó el interesado. Entre los curiosos surge alguien que ayuda a traducir. Todos se los quedan viendo cuando prosiguen su camino, ya dueños de la medalla. “¿Habrán leído el ‘Ariel’?”, preguntó alguien. “Hay traducciones incluso en esperanto”, dijo a modo de respuesta el improvisado traductor, sin dejar de observarlos mientras se alejan.

Un señor encorvado se mueve entre la gente con la teatralidad del que requiere atención, con lo cual todos sobreentienden que vende algo y lo miran, para saber de qué se trata su oferta. Pero lo único que exhibe es un letrero manuscrito enganchado a su solapa que dice: “La tristeza no tiene fin”.

Por deformación profesional tengo predilección por los objetos antiguos, pero ver a cientos de personas vendiendo y comprando trozos descascarados del pasado, en un domingo lluvioso y frío, se convirtió en una revelación: se desequilibraron los platillos de nuestra ecuación pasado-presente-futuro. El pasado nos anega y nos gana. ¿O nos pierde?

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