Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Los sonidos de la selva

Ningún proceso de paz es fácil. El 19 de setiembre de 1897, cuando se aprobó por aclamación de la Asamblea General Legislativa el convenio de paz que ponía fin a la revolución saravista, fijando el día 15 para el desarme a realizarse en la estación La Cruz, los paisanos que se habían levantado en armas dudaron.

Ningún proceso de paz es fácil. El 19 de setiembre de 1897, cuando se aprobó por aclamación de la Asamblea General Legislativa el convenio de paz que ponía fin a la revolución saravista, fijando el día 15 para el desarme a realizarse en la estación La Cruz, los paisanos que se habían levantado en armas dudaron.

Cuenta Pedro W. Bermúdez que a todos les costó entregar las armas: “tiraban con rabia los winchesters, los spencers, remington o malinchers sobre el montón; las lanzas se entregaban astilladas, sin banderola; se lanzaban palos de carpas, y tachos sobre aquella pila de cartucheras y de fusiles; hasta hubo uno que al tirar el Máuser, recuerdo de Tres Arboles, no pudo menos de exclamar: ‘ahí va un colorado’.”

Los habitantes de Montevideo, por su parte, acudieron curiosos a ver a aquellos hombres casi desarmados, mal vestidos, mal comidos, con cabalgaduras casi exhaustas. Una oleada de piedad y simpatía (que también era de esperanza en la paz) les hizo llegar decenas de cajas de ropa, donada por los mismos enemigos que los enfrentaban días atrás.

En su proclama de despedida Aparicio Saravia dijo que deponían las armas confiando en una garantía: “el resurgimiento de la opinión pública como fuerza eficiente”.

No evoco esto por cumplir con la efeméride, sino porque ese recuerdo me ha ayudado a representarme mentalmente lo que está sucediendo en la sabana del Yarí, en Colombia. Allí se está realizando la X Conferencia de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), para debatir sobre el acuerdo de paz alcanzado con el gobierno del presidente Santos. No son comparables los objetivos ni métodos de esta guerrilla que lleva medio siglo actuando y que ha costado ocho millones de víctimas, con aquel levantamiento saravista, pero -como sucede en todas las pacificaciones- se repiten idénticas la reticencia a desarmarse y el juego de opuestos (esperanza-desconfianza) que genera la paz.

En Yarí participan cientos de guerrilleros, rodeados de otros cientos de periodistas y fotógrafos, ante los cuales se realizan conferencias de prensa, con la sabana como escenario. Todos aceptan el improvisado camping, los escasos baños, comer una vez al día, con tal de poder dar la primicia del nombre escogido para el movimiento que los guerrilleros quieren insertar en la vida político-electoral de Colombia. Aún llevan el uniforme y los fusiles. Los habitantes de los pueblos cercanos han levantado improvisados puestos de venta de comida, de souvenirs revolucionarios y de productos de cannabis. Hay cerveza, ron, la empresa Conexión Amazónica vende en dólares los Megabites y el escenario es digno de un espectáculo de rock, con sus tres pantallas gigantes y sus altavoces. Al final de las jornadas, suenan sones y terminan bailando. “Con el puño en alto”, dicen algunas crónicas, ansiosas porque se concrete de una vez la entrega de las armas.

El continente aplaude la idea de poner fin a las FARC, pero tiene dudas: ¿el movimiento político que formen los -para entonces- ex guerrilleros, conquistará sus votos desde cero o llegará al parlamento con un espacio pre-asignado? Si la paz finalmente se refrenda ¿quién será el ganador?

No faltarán altibajos y retrocesos, pero ojalá ganen todos. Que “el resurgimiento de la opinión pública como fuerza eficiente”, resulte suficiente.

Me permito tener esperanza.

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