Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

El relámpago de Aratirí

Eso significa Aratirí en lengua guaraní: relámpago. Nombre po-co apropiado para un proyecto que no tuvo ni la luz ni la velocidad que caracterizan al fenómeno atmosférico.

Eso significa Aratirí en lengua guaraní: relámpago. Nombre po-co apropiado para un proyecto que no tuvo ni la luz ni la velocidad que caracterizan al fenómeno atmosférico.

Convengamos que en Uruguay alcanza con hacer algunos quilómetros en carretera para percibir el tradicional paisaje de pradera, salpicado de islas de espinillos, molles y talas; los eucaliptos en añosos montes, pero también en larguísimas hileras en las nuevas áreas forestadas. Mientras la vista se pierde en esos verdes, incontables camiones cargados de troncos avanzan rumbo al puerto. Haciendo ruta, “Uruguay natural” y “Uruguay productivo” parecen conjugarse bien. Pero, ¿realmente lo hacen? La noticia del cierre del proyecto Aratirí, que cavaría en dimensiones tales que se iban a necesitar 70 años de lluvia para cerrar con agua el pozo que abrirían, me dejó en duda al respecto.

La historia del mundo es la de la intervención del hombre en el paisaje. Hernandarias y los jesuitas descubrieron el valor de la pradera e hicieron que la ganadería fuese nuestra riqueza más importante. Los colonizadores instalaron caleras y convirtieron la tierra en ladrillos. Los picapedreros de La Paz horadaron el suelo para empedrar Montevideo de adoquines, cubrir de granito rosado la rambla, enlozar las calles de Buenos Aires. Lussich abrió las rocas de Punta Ballena para plantar entre ellas árboles de las más exóticas especies, traídos de todas partes del mundo.

Nuestro país posee un rico ecosistema y paisaje de praderas y aguadas, complementado por bosques, humedales y costas. Pero tiene un altísimo índice de urbanización (y paulatino despoblamiento de una campaña muy raleada), varios cursos de agua contaminados, suelos erosionados, especies animales y vegetales amenazadas y, por sobre todas las cosas, una gran incertidumbre ambiental: ¿cuánto estamos dispuestos a hacer en aras del desarrollo sustentable, ese que satisface las necesidades de las generaciones presentes sin hipotecar a las generaciones futuras?

Invariablemente, cuando se habla de problemas de contaminación de cursos de agua, cuidado de la flora autóctona y conservación de los paisajes, el oportunismo y la desinformación son los que campean. Oportunismo porque en un mundo en el cual las ideologías más extendidas están jaqueadas por el descreimiento y la negación, la que parece imperar bajo la apariencia de “no-ideología” es la ideología que logra mayor consenso público: el ecologismo. Políticamente correcto, explotado como recurso para potenciar marcas, deja muchas veces de ser un corpus ideológico desafiante para convertirse en pátina legitimante, cuando no en nutriente de las tendencias apocalípticas. Con toda la desinformación que eso implica.

Para gran parte del espectro político la defensa de la ecología fue durante mucho tiempo un lujo ante la urgencia de los problemas sociales; para otros fue una suerte de máscara que ocultaba viejas posturas que buscaban renovarse con fines electorales. Rehén de enfrentamientos partidarios; relegada a segundo lugar detrás de los planes de desarrollo; desvalorizada en eslóganes multifuncionales y reiterativos, no ha obtenido la atención que merece: políticas estatales de largo aliento y un rotundo respeto por lo que dejaremos en herencia a las generaciones futuras. O sea, el árbol y el bosque.

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