Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Palabras húmedas

Si usted se topa por primera vez con la expresión empoderar, tendrá que preguntarle a ella el significado de esa palabra que cada vez más se usa para describir cómo se hacen del poder y/o la fuerza aquellos individuos o grupos sociales antes desfavorecidos.

Si usted se topa por primera vez con la expresión empoderar, tendrá que preguntarle a ella el significado de esa palabra que cada vez más se usa para describir cómo se hacen del poder y/o la fuerza aquellos individuos o grupos sociales antes desfavorecidos.

Si nota que utopía es una voz en retroceso frente a distopía, que ya ha salido de los textos eruditos y comienza a campear en todo tipo de publicaciones para nombrar el raro desencanto de vivir intensamente, pese a que nada ni nadie empuje hacia un mundo maravilloso, convenientemente ubicado en el futuro, también recurrirá a ella.

Si en medio de un diálogo una joven le dice que no tiene novio sino un saliente, usted pensará en molduras, frisos o en ministros que abandonan su gestión, para luego recurrir - también en ese caso- a ella, que le aclarará que saliente es un término en mutación, que, de lograr imponerse, en el futuro integrará los diccionarios del habla de los uruguayos como acepción que nomina a alguien con quien se sale, haciendo de ese movimiento en común el rasgo más notorio del vínculo afectivo entre esas dos personas. Riquezas sociales e históricas que encierra el lenguaje.

Ella responderá todas esas consultas y tantas otras: la del profesional que busca precisión jurídica, la del letrista de murga que busca una rima o la del estudiante que lucha con la complejidad de una lengua rica como el español. Lo hará por medio de sus especialistas, de sus diccionarios, de su condición de institución de larga data, porque ella, la Academia Nacional de Letras, tiene como objetivos velar por la conservación y enriquecimiento del idioma español, colaborar con el sistema educativo y el desarrollo de la cultura.

Sin embargo, lo que se le asigna en el presupuesto nacional no alcanza para el mantenimiento de su sede, la Torre de los Panoramas de la calle Ituzaingó 1255. La célebre casona en que Julio Herrera y Reissig estableciera su cenáculo literario está claramente aquejada por dos males que ya estaban incluidos en los diccionarios cuando fue construida: humedad y deterioro.

El autor de “Los éxtasis de la montaña” fue un gran irreverente a quien sus contemporáneos no le perdonaron la escritura del “Tratado de la imbecilidad del país”. Herrera y Reissig cultivó el decadentismo en su vida y en su prosa: criticó impiadosamente la sociedad y los convencionalismos de su tiempo, mientras la morfina, la fiebre y el talento navegaban por su cuerpo.

Su “terraza gringo-gallega”, de hierro forjado y de cara al río, lo vio suspirar por París (su modelo estético), mientras criticaba a “Tontovideo”, “una ciudad hecha a remiendos, un mosaico de disparates y charrerías arquitectónicas”. Solo la muerte pudo reconciliarlo con la tradición cultural del pequeño pero orgulloso Uruguay.

El final de ese largo derrotero de exclusión está simbolizado en uno de los diecinueve sillones históricos de la Academia, ya que el número trece lleva el nombre de Julio Herrera y Reissig. Homenaje que —sin embargo— no puede evitar la verdad: lo espectacular de su contradiscurso no ha vuelto a repetirse entre nosotros.

El deterioro que carcome la Torre de los Panoramas ¿es reflejo de desidias estatales o un castigo subliminal que no cesa? ¿No merecen la Academia Nacional de Letras, Julio Herrera y Reissig y la propia Montevideo, mayor atención?

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