Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Miedo, el eterno retorno

La vi caminando sola por la rambla de Pocitos, de equipo deportivo, cuando aún no había amanecido y me pregunté cómo era que no tenía miedo.

La vi caminando sola por la rambla de Pocitos, de equipo deportivo, cuando aún no había amanecido y me pregunté cómo era que no tenía miedo.

Sin duda fue una reacción reflejo frente al asesinato del cabo Coronel. También me pregunto, como sociedad ¿qué hacemos? Todo indica que pasamos de la alarma al olvido rápido, no sin antes cumplir con los rituales comunicacionales de rigor: escribir algo en Twitter, subir algún crespón negro a Facebook, adjetivar en grueso en algún foro informático. Desde el aparato estatal y el cuerpo político, por su parte, están tan pendientes de las connotaciones de cada acontecimiento policial que los movimientos más ágiles parecen ser los de descarga de responsabilidades. Preocupante, porque esto va más allá -incluso- de la desgracia que implica la pérdida de una vida. El tema de fondo es el lugar del miedo en nuestra sociedad. Un tema que nos obliga a mirarnos en contexto sin caer en algún otro falso debate, comparándonos (complacientemente) con la región o (retóricamente) con nosotros mismos en el pasado.

Tony Judt lo identificó claramente en Pensar el siglo XX: “Hemos vuelto a entrar en una era del miedo. Atrás han quedado la sensación de que las habilidades con las que uno cuenta al empezar en una profesión o un trabajo serán habilidades importantes para toda su vida laboral. Atrás han quedado la certidumbre de que después de una trayectoria laboral exitosa espera una jubilación cómoda”. De tal modo -agregaba- “que la era del miedo en la que ahora vivimos consiste en el temor a un futuro desconocido, así como a unos extranjeros desconocidos que pueden venir y lanzarnos bombas. El temor de que nuestro gobierno ya no puede controlar más las circunstancias de nuestras vidas. Ya no puede convertirnos en una comunidad cerrada contra el mundo. Ha perdido el control”.

Los que han movilizado con éxito esas alarmas y amenazas (extranjeros, inmigrantes, incertidumbre económica, violencia) han sido políticos demagogos, nacionalistas y xenófobos. Abundan en el mundo actual los ejemplos de manipulación colectiva en base a ellos.

Lejos de la xenofobia y aparentemente a salvo de atentados terroristas suicidas, en Uruguay los peligros son otros, aunque comparten la misma esencia y también matan: para robar, para dominar o castigar a una mujer, para ajustar cuentas, para marcar territorios en los que el Estado casi no puede operar, a veces siquiera para hacer ingresar una ambulancia.

Cuando nos detenemos a discutir la frase del jerarca o la ausencia de honores en el funeral del policía asesinado, no deberíamos perder de vista cómo nos afecta el miedo que nos provoca ese féretro y las preguntas que no nos planteamos: ¿Cuánto mata y cuánto muere, nuestra policía? ¿Cuánto garante? ¿Cuánto hemos perdido de seguridad? ¿Cuánto estamos dispuesto a seguir perdiendo? ¿Podemos hacer algo al respecto o sólo cabe resignarnos? ¿Vale comprarse un arma o utilizar el voto castigo? ¿Vale insistir en la educación como único camino posible? La deportista madrugadora de la rambla ¿es audaz o realista?

El dilema real, ya lo dijo Judt, es entre “la política de cohesión social basada en unos propósitos colectivos y la erosión de la sociedad mediante la política del miedo”. Deberíamos encarar ese cuestionario.

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