Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Al llano

Las elites políticas latinoamericanas -y Uruguay no ha sido una excepción- han reflejado históricamente las desigualdades sociales del continente. Pero también han sido reflejo de una constante: el cambio. A las elites el cambio les es constitutivo y eso es un indicio de buena salud, porque significa que el sistema político se adapta a los cambios sociales.

Las elites políticas latinoamericanas -y Uruguay no ha sido una excepción- han reflejado históricamente las desigualdades sociales del continente. Pero también han sido reflejo de una constante: el cambio. A las elites el cambio les es constitutivo y eso es un indicio de buena salud, porque significa que el sistema político se adapta a los cambios sociales.

Las elites políticas uruguayas, desde el retorno de la democracia al presente, reclutan a sus cuadros de forma más abierta y poseen una formación educativa menos universitaria. Las profesiones liberales siguen presentes, pero van perdiendo aquella histórica centralidad de los abogados y escribanos, que hacía de “doctor” el título casi sobreentendido que precedía al apellido del legislador.

Los nuevos actores provienen de las profesiones que cultivan la buena expresión discursiva y las habilidades retóricas, porque el buen uso de la palabra sigue siendo altamente persuasivo. De la medicina, porque las organizaciones de salud, tan masivas como populares, le otorgan a sus dirigentes y especialistas una alta visibilidad. De las organizaciones sindicales y gremiales, de los educadores y comunicadores, porque la formación de la opinión pública es tan o más mediática que partidaria, las simpatías y empatías se gestan en lugares diferentes y nadie quiere ni puede eludir el mandato de la sociedad civil organizada per se.

Entre ellos, los representantes con méritos militantes, que provienen del seno mismo de los grupos que la sociología llama “subalternos” (pero que se niegan a la subalternidad), adquieren el sentido político de la representación cuasi directa. Son los defensores a ultranza, los tribunos. Los garantes de inclusión de los sectores excluidos o mantenidos al margen, en el corazón mismo del sistema político: sus partidos.

Luego viene la profesionalización del tribuno, la necesaria especialización en tareas políticas, el tiempo completo y la dedicación exclusiva.

Si lo logra, la misma continuidad en los cargos y la forma en que -una vez incorporados a las elites- se busca permanecer en ellos, pone al nuevo político en la mira de la desconfianza: “camarillas”, “corrupciones”, “clientelas”, son palabras que alejan de la idealidad a una profesión que mucho lo requiere, en tanto servicio público. Hay un camino áspero que lleva de la idealidad al llano y todos nuestros partidos y representantes lo transitan.

La relevancia de la inclusión es muy fuerte en la agenda política del país y del mundo. La representación de las mujeres en el cuerpo legislativo uruguayo forma parte de esa agenda y la movilización del 8 de marzo marcó un hito al respecto.

El primer eco de significación de esa movilización ciudadana acaba de escucharse, potenciado por el retorno, como sucede habitualmente con los ecos. Me refiero a los reclamos por la lista de oradores para el 46° aniversario del primer acto de masas del Frente Amplio, que ha impactado fuerte en la interna de la coalición de gobierno (la que tanto impulsó los cambios de la elites políticas, precisamente), con ese “no me representan” que inició Constanza Moreira.

Ese hashtag es un llamado a salir de lo políticamente correcto e ingresar en lo político (que es -recordemos- el arte de lo posible), a secas. De la idealidad al llano.

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