Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Libros, de Berlín a Macondo

Una amiga hizo un raro periplo: salió de Montevideo rumbo a Berlín y de allí, vía París, fue a conocer Managua. Berlín, ciudad afanada en celebrar el presente y proyectar el futuro, aparentemente olvidada de las experiencias históricas del nazismo y del comunismo, convirtió los restos del muro que dividió férreamente la ciudad, en un agradable paseo, en el cual berlineses y extranjeros toman sol, beben o conversan. Para deleite de turistas mayoritariamente asiáticos las viejas glorias edilicias prusianas lucen intactas y en el punto central de la ciudad se reconstruye el imponente palacio imperial. Puestos a recordar, mejor que sean los esplendores.

Una amiga hizo un raro periplo: salió de Montevideo rumbo a Berlín y de allí, vía París, fue a conocer Managua. Berlín, ciudad afanada en celebrar el presente y proyectar el futuro, aparentemente olvidada de las experiencias históricas del nazismo y del comunismo, convirtió los restos del muro que dividió férreamente la ciudad, en un agradable paseo, en el cual berlineses y extranjeros toman sol, beben o conversan. Para deleite de turistas mayoritariamente asiáticos las viejas glorias edilicias prusianas lucen intactas y en el punto central de la ciudad se reconstruye el imponente palacio imperial. Puestos a recordar, mejor que sean los esplendores.

Managua, bajo la dirección estética de Rosario, la esposa de Daniel Ortega, también brinda numerosos paseos al aire libre, incluyendo una plaza donde proliferan árboles de plástico que a la noche se iluminan, proyectando su luz sobre el retrato —inmenso— del comandante Hugo Chávez. Desde las alturas que rodean la frondosa ciudad, se levanta la figura de Sandino, glorificado e invocado constantemente. “García Márquez me resultó más realista de lo que creía, pero no ‘mágico’, sino realista, a secas”- comentó mi amiga.

Hayden White, en consonancia con Borges, para quien la metafísica no era sino una rama de la literatura fantástica, analizó los textos de historia como si fueran un género literario, afirmando que en ambos las estructuras profundas del imaginario operan como matrices comunes, tanto de la creación de tramas novelescas como de los relatos históricos. Antonio Muñoz Molina, casi en completo acuerdo y convencido además de que los protagonistas de la historia no intuyen el significado de lo que está sucediendo, buscó como terreno para sus novelas esa zona borrosa en que se juntan lo público y lo privado: el personaje que recuerda la humareda y el miedo, pero se entera tan solo años después que estuvo en una batalla tan significativa, que los historiadores del mundo le han dedicado gruesos y numerosos libros.

Desde esos poderosos climax, ¿cómo moldea la literatura nuestra percepción de la Historia? ¿De que manera miramos hacia atrás? No puedo dejar de preguntármelo, porque historia y ficción confluirán en la Feria del Libro, que se aproxima con sus numerosas ediciones, su convocatoria a la lectura y la reflexión, sus carpas en el atrio de la Intendencia, su fiesta de los autores y lectores. ¿Cómo nos retratan los libros que se presentarán este año? ¿Qué vinculación mantenemos con nuestro pasado? ¿Sigue siendo casi obsesiva y un terreno en disputa ideológica? ¿Cuan míticos son los héroes que nos rodean, si no desde lo alto de los volcanes, al menos desde las cimas de los monumentos? ¿Cuántos libros de historiadores argentinos enamorados tardía y finalmente de la figura de Artigas, se harán presentes? ¿Ha logrado “Las cenizas del cóndor” de Fernando Butazzoni la recepción literaria en clave internacional que tuvo el plan de idéntico nombre? ¿O el latinoamericanismo sigue fracasando frente a las fronteras editoriales? ¿Cuantos candidatos políticos alimentarán la ficción con sus vidas y anecdotarios? ¿Seremos onettianos y la tierra de Benedetti, como suelen informar los folletos turísticos, o ante los ojos de los berlineses resultaremos más bien macondianos? Los libros serán, en pocos días, un espejo implacable de nosotros mismos.

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