Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

La intemperie

Para los habitantes de la Banda Oriental, celebrar el 25 de Mayo tal y como solicitaba el gobierno de Buenos Aires, no resultaba sencillo. En el año 1815, el gobierno artiguista de Montevideo, debido a “la intemperie del tiempo”, decidió postergar hasta el día 28 los festejos de dos fechas que -remarcaban- eran coincidentes: “la celebridad del glorioso triunfo obtenido el 18 por nuestro Benemérito general y sus bravos Escuadrones el año de 1811 en el Campo de Las Piedras sobre las tropas opresoras, y ser juntamente el día en que dio principio la dulce libertad de las Provincias Unidas del Río de la Plata”.

Para los habitantes de la Banda Oriental, celebrar el 25 de Mayo tal y como solicitaba el gobierno de Buenos Aires, no resultaba sencillo. En el año 1815, el gobierno artiguista de Montevideo, debido a “la intemperie del tiempo”, decidió postergar hasta el día 28 los festejos de dos fechas que -remarcaban- eran coincidentes: “la celebridad del glorioso triunfo obtenido el 18 por nuestro Benemérito general y sus bravos Escuadrones el año de 1811 en el Campo de Las Piedras sobre las tropas opresoras, y ser juntamente el día en que dio principio la dulce libertad de las Provincias Unidas del Río de la Plata”.

La lluvia no borró esa demanda de un motivo propio para celebrar el mayo revolucionario y en las Fiestas Mayas de 1816 se volvió a remarcar esa búsqueda. La planteó el propio padre Dámaso Antonio Larrañaga en la Oración Inaugural con la que se abrió la primera biblioteca pública, que se instaló en el Fuerte de Montevideo. Hay entre nosotros -dijo- quien “con ojo de indignación” mira el 25 de mayo como un día de usurpación de la gloria de los orientales, preguntándose qué se hizo en ese día que no se hubiera hecho antes, en Montevideo, cuando la gloriosa Junta de 1808: “Montevideo fue el primer pueblo de la América del Sud que proclamó sus derechos, formó su Junta y se puso al nivel de todos los pueblos de Europa”. Otros -continuó explicando- “querían que celebrásemos solamente el 18 de mayo de 1811, día memorable por la acción de Las Piedras, victoria la más decidida”.

Para que cesaran esas discordias en torno a la fecha, el sacerdote, sabio naturalista y donante de la mayor parte de los libros que conformaban la biblioteca que se inauguraba, les propuso darle a la misma otro sentido, uno que derivara -precisamente- de esos libros. El sitial del saber debía ser en el futuro el significado propio de los orientales para festejar mayo: asombraremos al mundo -les advirtió- porque “en medio de la ruina y desolación de las guerras civiles, se abren bibliotecas públicas y éstas se celebran con regocijos públicos”.

En estos días, en que gobierno y oposición se han reunido para considerar políticas de estado sobre esa otra intemperie que es la de la inseguridad, no puedo sino repasar los elementos básicos que esas políticas requieren y que -por cierto- van más allá de equipar mejor a las fuerzas represoras de los delitos: una doctrina coherente sobre el uso de la fuerza; un espacio claro y digno para el principio de autoridad (que no autoritarismo); una coordinación efectiva entre el mando político y las instituciones; un discurso público claro sobre las responsabilidades: las individuales, las colectivas y las que son exclusivas del estado. Porque las responsabilidades son indiscutiblemente un producto del sistema educativo. Se educan.

En este mes de mayo, además de colocar flores en los campos de Las Piedras y realizar actos de enaltecimiento de la Biblioteca Nacional, ¿no podríamos volver a tener aquella capacidad de asombrar? Lo lograríamos si apostáramos de verdad a la educación, diseñando políticas de estado que contasen con consenso y teniendo el coraje cívico de sostenerlas a lo largo del tiempo necesario, más allá de los puntuales intereses partidarios de tal o cual comunidad.

Como toda batalla, requiere coraje.

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