Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Gracias, Orhan

Como a todos los atentados aquí y allá (hombres-bombas, apuñalamientos en la calle, atropellamientos, balaceras), los tardíos reconocimientos del Estado Islámico que otorga patentes de corso vía internet -siempre y cuando se cumpla su máxima de matar por los medios que sea, allí donde más civiles distraídos encuentren-, las purgas de Erdogán y los lobos solitarios que eligen la terrible notoriedad de un día, extendiendo los charcos de sangre propia y ajena por varios continentes. Quisiera poder entender.

Como a todos los atentados aquí y allá (hombres-bombas, apuñalamientos en la calle, atropellamientos, balaceras), los tardíos reconocimientos del Estado Islámico que otorga patentes de corso vía internet -siempre y cuando se cumpla su máxima de matar por los medios que sea, allí donde más civiles distraídos encuentren-, las purgas de Erdogán y los lobos solitarios que eligen la terrible notoriedad de un día, extendiendo los charcos de sangre propia y ajena por varios continentes. Quisiera poder entender.

Sé que las explicaciones deben incluir un análisis de las oleadas migratorias que atraviesan el mundo, buscando dejar atrás la guerra o la miseria. Algunas buscan integrarse a los patrones de la cultura dominante allí donde van, otras lo hacen por imposición del Estado receptor, pero de una u otra forma, si lo logran, alcanzan la siempre deseable “asimilación”.

Cuando la integración de los emigrantes no se contradice con la conservación de sus rasgos culturales propios, se producen los casos de multiculturalidad e “identidades múltiples”. En otros casos, lamentablemente frecuentes, hay -lisa y llanamente- segregación. Ya sea por elección propia o por ineficacia de las políticas públicas del país al que llegan, hay comunidades emigrantes que no crean lazos con la población del lugar. Son un polvorín.

De inmigración los uruguayos algo entendemos, porque la misma nos constituyó; porque fuimos pioneros en reconocer el Genocidio armenio, el Holocausto judío y el Estado de Israel; porque nos enorgullecemos de la oportunidad histórica brindada a los inmigrantes y de haberles dado acceso a sus hijos a esa máquina de integrar que fue la educación pública, gratuita e igualitaria. Pero el panorama actual no admite una comparación tan simple y autocomplaciente, así que apelo a otras preguntas y espero otras respuestas.

¿Qué dice Orhan Pamuk, el brillante Premio Nobel de Literatura turco, ante estos hechos que conmueven el mundo y muy especialmente la ciudad de Estambul en la que vive? Enemigo de los clichés (“‘La mente islámica’ es una generalización demasiado grande”, dijo en Montevideo en 2011), el gobierno turco lo enjuició en 2007 por afirmar que su Estado había asesinado a un millón de armenios y a 30.000 kurdos. No le gustó el sitial, pero lo asumió: “Lamento no haber sido lo suficientemente radical con la literatura. Siento el tiempo, la energía y la pena que he gastado en cuestiones políticas, pero era inevitable”.

En una reciente entrevista brindada a ABC de España, explicó la dificultad actual de las culturas orientales con profunda simplicidad: “todos quieren modernidad pero a la vez conservar sus tradiciones”. Luego insistió en las reglas de su oficio: “En Estambul -dijo- no se piensa sobre la mente occidental o la mente oriental. Todos somos individuos y la literatura se refiere a las individualidades”.

Aunque parecía renegar de la política, reveló una clave política profunda con esa frase, porque hoy el terror remite cada vez con mayor frecuencia a escurridizas e imprevisibles individualidades que atacan al mundo occidental (el mismo que hizo del individuo el pivote de su cultura), a la vez con odio y con deseos de entrar. ¿Paradoja? No, esquizofrenia. Tan imprescindible en la literatura como letal en la sociedad.

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