Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Frágil e inmenso

Florencio Sánchez, el brillante literato que fue fugazmente soldado saravista, denunció a la oriental como una sociedad eternamente descontenta y revolucionaria, que repetía hasta el cansancio una cadena enfermiza: “Casualidad es que no nazcamos los orientales arrullados por el estruendo de un motín; en seguida, a la vez que decir mamá o papá, la solicitud paternal nos enseña a pronunciar el nombre del caudillo de su preferencia”.

Florencio Sánchez, el brillante literato que fue fugazmente soldado saravista, denunció a la oriental como una sociedad eternamente descontenta y revolucionaria, que repetía hasta el cansancio una cadena enfermiza: “Casualidad es que no nazcamos los orientales arrullados por el estruendo de un motín; en seguida, a la vez que decir mamá o papá, la solicitud paternal nos enseña a pronunciar el nombre del caudillo de su preferencia”.

Un siglo más tarde, la mirada despojada del historiador norteamericano Milton Vanger le dio la razón, afirmando que en la historia del Uruguay la política había sido enemiga del progreso.

Lo escrito provenía de su impresión ante las casi cincuenta revoluciones acaecidas entre 1839 y el final del sangriento siglo XIX. Años en los que -describió- “cada uruguayo era colorado o blanco, y ni el mismo ni sus hijos lo olvidarían. Había poca tolerancia para la otra parte. Los sentimientos partidarios trascendían el plano puramente político para acercarse al religioso: los miembros de un mismo partido se llamaban entre sí «correligionarios»”.

En el siglo XX el sistema de partidos fue madurando la convivencia, desde los ensayos de coparticipación, hasta alcanzar una democracia presidencialista pero con un legislativo de gran presencia. Diseñada para un sistema bipartito, pasó luego a tripartito, con figuras de gran realce en todas sus colectividades, con un sistema electoral firme y un sistema de representación equilibrado y proporcional. Pero ni siquiera eso nos libró de las fatales dicotomías políticas. Todos conocemos la Historia, aunque no la narremos de manera única porque la Historia, se sabe, es un género de interpretación (dentro de parámetros de honestidad intelectual).

Las etapas comisarial y fundacional de la dictadura (1973-1980) abundaron en ejemplos de “vivir con miedo”, la peor expresión de una sociedad dividida. La etapa transicional (1980-1984), en cambio, abundó en ejemplos de entendimiento y nos puso a las puertas del “efecto túnel”, aquel tener que entornar los ojos, cegados ante la lumino-sidad que tenía cada acto o gesto de recuperación democrática.

Esa etapa y el camino recorrido posteriormente, no nos libraron de las recaídas. La dicotomización interpretativa es sobre el pasado y sobre el presente.

La división será inherente al juego político y tan vieja como el mundo, pero es fácil percibir cuando una sociedad ingresa en caminos de crispación y negación del verdadero diálogo, y es del caso.

Aun entre nosotros, que nos dimos el lujo de reunir innumerables veces a los expresidentes alrededor de un problema, celebración y/o del presidente en ejercicio, en muestra de una solidez institucional de excepción; aun entre nosotros -repito- raras son las figuras de consenso cuando estas características se instalan. Rara es la despedida unánime, con honores dictados desde el corazón de la sociedad, como la que se produjo el pasado lunes, ante la noticia del falle- cimiento de Alejandro Atchugarry.

Ese republicano de diálogo, austero y generoso, nos recordó que el camino es de nunca acabar, que sin duda estamos mejor que cuando nos retrató Florencio Sánchez, pero que la tolerancia es tan frágil como la democracia. Fuerte, pero débil, como él mismo lo era.

Es un hombre-alegoría el que ha muerto.

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