Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Fate capace

La primera regla es comenzar con un verso decidido”. Corría el año 1998, yo era la encargada de reeditar el “Artigas” que publicara El País en 1951 y él era el reconocido Dr. Maggi, quien sería el consultor de la tarea. Mientras me lo decía levantaba el índice (tal como lo dibujó Arotxa), no acusadoramente, sino señalando un rumbo a seguir, porque él estaba siempre a favor: de quien le escuchaba, del país, de la vida.

La primera regla es comenzar con un verso decidido”. Corría el año 1998, yo era la encargada de reeditar el “Artigas” que publicara El País en 1951 y él era el reconocido Dr. Maggi, quien sería el consultor de la tarea. Mientras me lo decía levantaba el índice (tal como lo dibujó Arotxa), no acusadoramente, sino señalando un rumbo a seguir, porque él estaba siempre a favor: de quien le escuchaba, del país, de la vida.

Eso sí, era capaz de decir una arenga guerrera con sonrisa amable. Cuando, a determinada altura de mi trabajo, me vi ante un vacío historiográfico que para ser subsanado demandaba una tarea titánica, me dijo, suave pero firmemente, la frase-emblema de los Maggi, como si en un escudo de armas estuviera: “Fate Capace, Anita”. Hazte capaz, simplemente.

Maestro en varios géneros, aconsejaba cruzarlos. “Nuestro modo de conocer no es sintético, es carnal, exige los cinco sentidos al mismo tiempo. No es lo mismo trasmitir datos que poner a los personajes en un lugar donde suceden cosas. Es la misma diferencia que existe entre un clarinetista que sopla una nota por vez y un pianista que hacer sonar diez notas al mismo tiempo”. Por eso -insistía-, “en Historia, además de hacer investigación, hay que escribir como en la novela, avanzando por acordes”. Se debe cultivar el tono, porque “facilitar las cosas al lector por medio de la narrativa, tener un vínculo con la gente que te lee, es un privilegio: ese diálogo le da sentido a todo lo que uno hizo y hace”.

Su paternal calidez de amigo y compinche también me guió cuando me enfrenté a la tertulia radial. “Cuídate de discutir para tener la razón. Es un gran error. Una tertulia es un show, un espectáculo en el cual tenés que trabajar para que la conversación se haga imprevisible y más brillante”. Por ejemplo -me dijo- “si se habla de la cumparsita y todos la elogian; tú los dejás ir y al rato decís: ¿quién va a discutir que es el tango de los tangos?, pero la letra es un mamarracho; y se los demostrás”.

Sus consejos para lograr “un estilo radial señorial” fueron breves. Llevar apuntadas dos o tres ideas, nunca más; formularlas para ser dichas, jamás leídas, “porque se pierde gracia”; decirlas en dos o tres minutos y sin caer jamás en un lugar común. “Con cada una de tus ideas, puede pasar que recojan o no, lo que dijiste; que estén de acuerdo o que no. En cualquiera de los casos tú dejarás pasar sin decir nada, no retruques, ni tampoco insistas en algo que te acaban de aprobar. Esperás a la próxima vez en que puedas hablar, cuando resulte cómodo oírte, sin presionar ni pedir el espacio. Entonces ampliás lo dicho y agregás: lo digo porque me parece que no atender este aspecto puede llegar a ser muy grave por tal o cual razón. En el caso de la Cumparsita, para seguir con el ejemplo, porque la letra cultiva la cursilería”.

Un último consejo -agregó- “digan lo que digan, jamás hablar cuando hay otra persona hablando”. Cálido, divertido y amable, remató la lección con un: “Nena, hacete desear y hacete inolvidable, serví al show; y no a tu filosofía que es de uso personal. No hay nada malo en eso, sino todo lo contrario. Emiliano dijo en una tertulia reciente: desgraciadamente no llegamos a ninguna conclusión. Yo le dije: no, Emiliano, nosotros no damos soluciones, nosotros agitamos el pensamiento”. Era imposible no ver que la generación del 45, parricida y eternamente joven, brillaba en sus ojos de pibe, mientras pontificaba.

Quizás su único error, como maestro, fue no prepararnos para su partida. En lo personal, con su muerte, la orfandad completó su círculo. Lo despido con inmenso dolor.

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