Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Espejito, espejito...

Las calles del Cerro de Montevideo no llevan en vano sus nombres: Grecia, Islas Canarias, País Vasco, España, Lituania, Italia, Polonia, Rusia, Armenia. El sueño de crear allí la villa “Cosmópolis” fue algo más que un proyecto poblacional para un barrio puntual, fue la realidad que entre 1830 y 1930 convirtió a Uruguay en un “caldero fundente” de nacionalidades. Inmigración mayoritariamente espontánea y organizada por las propias comunidades que iban creando instituciones y lazos de acogida para los parientes que venían tras los pasos de los primeros, pues el estado uruguayo no tuvo una política migratoria bien definida ni activa. No cerró puertas (salvo en la época del terrismo) pero tampoco tuvo planes para orientar-fomentar la inmigración recibida, que no fue poca, ya que en ese siglo América Latina recibió el 26% de la emigración internacional total, o sea alrededor de 11 millones de personas que se derramaron sobre el continente. Hacia fines del siglo XIX el 80% de la fuerza l

Las calles del Cerro de Montevideo no llevan en vano sus nombres: Grecia, Islas Canarias, País Vasco, España, Lituania, Italia, Polonia, Rusia, Armenia. El sueño de crear allí la villa “Cosmópolis” fue algo más que un proyecto poblacional para un barrio puntual, fue la realidad que entre 1830 y 1930 convirtió a Uruguay en un “caldero fundente” de nacionalidades. Inmigración mayoritariamente espontánea y organizada por las propias comunidades que iban creando instituciones y lazos de acogida para los parientes que venían tras los pasos de los primeros, pues el estado uruguayo no tuvo una política migratoria bien definida ni activa. No cerró puertas (salvo en la época del terrismo) pero tampoco tuvo planes para orientar-fomentar la inmigración recibida, que no fue poca, ya que en ese siglo América Latina recibió el 26% de la emigración internacional total, o sea alrededor de 11 millones de personas que se derramaron sobre el continente. Hacia fines del siglo XIX el 80% de la fuerza laboral del Uruguay era extranjera. Inmigración por razones económicas pero también políticas: refugiados de las guerras que huían de la experiencia vivida o se adelantaban a todo posible enrolamiento: republicanos españoles, anarquistas italianos, liberales, intelectuales, obreros de fuerte actuación sindical.

Los refugiados sirios y los ex presos de Guantánamo (sirios, palestinos y tunecinos) llegan décadas más tarde de aquel aluvión, a una sociedad donde coexisten los Pérez con los Thompsen, en cierta homogeneidad que nos permite conjugar un “nosotros” uruguayo. Los hemos recibido con múltiples gestos de solidaridad: ofrecimientos de trabajo, donaciones materiales, demostraciones de simpatía. Las crónicas periodísticas han insistido en repetir (y las redes en multiplicar esa imagen) que están felices, que han conocido nuestras playas, que han comido asado, tomado mate, caminado por la rambla. Exponer sus cambios físicos (de semblanzas temibles a hombres normales); insistir en su condición de víctimas del sistema represor del peor Estados Unidos (no el de Julissa Reynoso, por cierto), es —más que un retrato de personas en proceso de rescate— un retrato de nosotros mismos.

Desde que Emanuel Lévinas escribió una serie de ensayos titulados “Alteridad y Trascendencia”, la palabra alteridad se aplica a los estudios del “otro”, a sabiendas que observarlo y catalogarlo siempre habla —en definitiva— de “nosotros”: el retrato del otro es un espejo invertido, en el cual nos observamos a nosotros mismos.

¿Somos realmente rambla y solidaridad, playa y abrazo amigo a todo el que llega? Si nos miramos detenidamente aún menospreciamos la inmigración de bolivianos y peruanos que vienen a hacer trabajos duros o prohibidos, pero hablamos con orgullo de los jubilados europeos que eligen vivir en nuestros barrios privados; si alguno de esos portentosos norteamericanos de piel cetrina y dos metros de altura, que vienen a jugar al basquetbol se relaciona con una uruguaya, más de un padre se sentirá como Spencer Tracy en aquella estupenda película “¿Sabes quien viene a cenar?”, en la que el invitado era Sydney Poitiers. Nuestros asados entre amigos siguen siendo amenizados con chistes sobre gallegos o judíos, aunque la canción que Alfredo Zitarrosa le dedicara emocionado a “Manolo” suene como música de fondo.

¿No le estaremos haciendo photoshop a nuestra imagen en el espejo…?

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