Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Doctores

Lincoln Maiztegui narra con claridad, adjetiva generosamente, no po-ne citas al pie ni esconde sus simpatías ante tal o cual personaje. La editorial Planeta publicó esta semana su segundo tomo de “Doctores”, que completan los que dedicó a los “Caudillos” y a la larga duración de ese binomio caudillos-doctores, que puede rastrearse hasta el presente.

Lincoln Maiztegui narra con claridad, adjetiva generosamente, no po-ne citas al pie ni esconde sus simpatías ante tal o cual personaje. La editorial Planeta publicó esta semana su segundo tomo de “Doctores”, que completan los que dedicó a los “Caudillos” y a la larga duración de ese binomio caudillos-doctores, que puede rastrearse hasta el presente.

Cuando el expresidente Mujica admite ser un fantástico “juntavotos”, ¿acaso no es un caudillo el que habla? Cuando el presidente Vázquez da órdenes y pone orden, ¿acaso no es un doctor ?

Si la sola vigencia de los doctores en el mundo político no fuera suficiente atractivo, allí está la historia misma del país, como trasfondo de las 23 biografías que traza Maiztegui. El codificador Joaquín Requena, dotando de código al mundo militar y de saberes a las aulas universitarias. El controvertido Andrés Lamas (“traidor a todos los partidos”), que además de firmar los cinco tratados de 1851 con Brasil, fue un gran documentalista. Los hermanos Ramírez, fundando El Ateneo, el Hipódromo, el Jockey Club, el partido Constitucional (anti-santista) y los debates contra la “leyenda negra” que la historiografía mitrista había desarrollado en torno a Artigas. El historiador Francisco Bauzá, que además del inigualable fresco del período colonial tardío, documentó las claves de la quiebra independentista.

No tienen estatuas ecuestres y suelen ser irónicamente retratados como los niños ricos que subieron a la Barca Puig rumbo al exilio forzado al que los condenaba Latorre, aquellos “principistas” que, cuando gobernaron, lo hicieron desde unas cámaras tan intelectualmente brillantes como inoperantes frente al país áspero y salvaje que no entendía aún de orden alguno. Sin embargo, fueron la contracara, el “otro” dialécticamente conjugado de los caudillos. Fundaron diarios (El defensor de la independencia americana, escrito desde el Cerrito durante la Guerra Grande; El Nacional, El Bien Público, El Plata), fundaron el Instituto Histórico y Geográfico, el Elbio Fernández y la Asociación de Amigos de la Educación Popular, impulsora de la escuela pública uruguaya.

Elaboraron los códigos y leyes, escribieron libros en los que discutieron la viabilidad del país y en los que trazaron un relato histórico imbuido de nacionalismo. Los miembros destacados de esas “500 familias” que atesoraban riquezas materiales y simbólicas no ganaron batallas épicas, pero escribieron “panfletos contra puñales”, enfrentando los excesos del poder caudillesco, del poder militar y de toda forma de autoritarismo. Actores del siglo XIX, pero también del XX, fueron hombres de libros, pero también de pensamiento que llevó directo a la acción. Ya fuera como inexperientes soldados de la revolución del Quebracho, o como actores en aquellas décadas candentes que desembocaron en la dictadura: Carlos Quijano y sus alegatos por la conciencia crítica planteados desde Marcha, o Vivián Trías, el “socialista como hueso de bagual”, que defendía desde Las Piedras un nacionalismo latinoamericano de inspiración marxista.

Maiztegui los homenajea: “se hicieron cargo de un país deshecho por las guerras civiles y los enfrentamientos armados, que algunos creían que era inviable, y contribuyeron decisivamente a convertirlo en una sociedad moderna, integrada al mundo y, durante mucho tiempo, símbolo de cultura y estabilidad democrática”. Tuvieron y tienen luces y sombras, pero que nunca falten.

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