Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Un día incómodo

En 1970 Simone de Beauvoir era una mujer que disfrutaba de la celebridad intelectual que, 21 años antes, le deparara su libro El segundo sexo. Para entonces tenía sesenta y dos años y la preocupaba algo que procuró conjurar escribiendo.

En 1970 Simone de Beauvoir era una mujer que disfrutaba de la celebridad intelectual que, 21 años antes, le deparara su libro El segundo sexo. Para entonces tenía sesenta y dos años y la preocupaba algo que procuró conjurar escribiendo.

La vejez fue el título de su nuevo libro, en el que no dejó aspecto psicológico, médico, físico ni social del envejecimiento sin tratar. Beauvoir hizo desde sus 600 páginas una investigación minuciosa y conmovedora sobre la ancianidad, a la vez que hacía una acusación frontal a la sociedad que aislaba, descalificaba e invisibilizaba a los ancianos. “Para la sociedad, la vejez parece una especie de secreto vergonzoso del cual es indecente hablar” -dijo-, no sin buscar una explicación para tal actitud: “Antes de que nos caiga encima, la vejez es algo que sólo concierne a los demás. Así se puede comprender que la sociedad logre disuadirnos de ver en los viejos a nuestros semejantes”. ¿Sentía el peso de los años en sí misma? Sí, pero no se remitió a enumerar dolencias, sino que fue más allá y buscó explicar por qué la vida seguía allí, a su alrededor, pero sus sensaciones ante ella ya no eran las mismas. Algo tan íntimo y a la vez tan universal.
El libro era una obra mayor, pero provocaba incomodidad porque hablaba de la enfermedad, la decrepitud, la vida sexual pese al descaecimiento físico, la progresiva reducción de todo a un círculo cada vez más estrecho: el cuerpo de cada uno. No tuvo, pues, los éxitos de venta y crítica que acostumbraba recibir.

Lo terrible es que cuarenta y seis años más tarde, La vejez sigue siendo un libro incómodo. Los mensajes que nos reiteran que seremos (o debemos ser) siempre jóvenes, lúcidos y productivos, sonrientes y con vocación de viajar, practicando deportes con las blancas melenas al viento, enmascaran lo real. Con suerte, todos envejeceremos o ya lo hemos hecho, aunque como sociedad prosigamos enfocándonos en los intereses inmediatos y postergando los intereses a largo plazo, esos que rinden frutos pero que exigen soluciones colectivas de compromiso.

La triste ratificación de la vigencia intelectual del libro de Beauvoir la brinda la resolución 66/127 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, que designó la fecha de hoy, 15 de junio de 2016, como el Día Mundial de la Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez.

Cada país sabrá cual es su cifra en ese índice de maltrato, pero ninguno dejará de anotar algún triste guarismo en ese problema social mundial que afecta la salud y los derechos de millones de personas. En una población envejecida como la uruguaya, la fecha se torna doblemente inquietante.

En mayo de este año se anunció “la puesta en marcha” del Sistema Nacional de Cuidados (SNC), enfocado en personas en situación de dependencia, niños, adolescentes y un amplio sector de población mayor de 65 años. ¿A qué ritmo irá esa “marcha”, en un país que ajusta sus cinturones…?

Si bien la resolución 66/127 no tiene la espectacularidad de un residencial calcinado, ni de una fiesta tomada por asalto por un homófobo armado, ni de una nueva ejecución de un grupo radical islámico, debería conmovernos -por su sola razón de existir- un día dedicado a la toma de conciencia sobre el maltrato a los ancianos. Un día incómodo 

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