Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Chartier en Montevideo

Precedido por su fama de notable historiadorespecializado en sus estudios del libro y en ediciones literarias, elfrancés Roger Chartier, llegó a Montevideo para dar dos conferencias. Una, el lunes pasado en la Alianza Francesa, sobre "El pasado en el presente: ficción, historia, memoria", y la otra, el día martes, en la Facultad de Humanidades y Ciencias, sobre "Shakespeare y Cervantes: encuentro imaginario y apropiaciones textuales". Su visita fue un acontecimiento intelectual, no solamente por la importancia de sus obras escritas y de los premios que ha obtenido por ellas, sino por cuanto obliga a pensar a quienes lo leen o escuchan.

Chartier entiende que la Historia tiene relación con la verdad porque se propone alcanzarla, pero que es un relato que contiene intereses, puntos de vista y herramientas conceptuales derivados del presente en que el historiador vive. Por eso le es tan importante desentrañar la complejidad del mundo cultural, dado que es el que nos provee de imágenes, palabras, ideales, modelos y contra-modelos, miedos y proyecciones ideales.

Lo hacen los libros, la televisión, las series de Netflix, el cine, los tuits, los mensajes informáticos, los circos ambulantes, las novelas de la tarde, los discursos, los recitales de rock. "Las obras de ficción —sostiene Chartier—, al menos algunas de ellas, y la memoria, sea esta colectiva o individual, le dan también una presencia al pasado, a veces o a menudo más poderosa que la establecida por los libros de historia".

El libro sigue siendo en su opinión el objeto más adecuado para establecer un diálogo profundo entre el lector y el autor, pero la proliferación de conocimientos actuales impone nuevas formas de acceso a ese caudal que crece exponencialmente.

Lejos de pronosticar el fin del libro bajo la avalancha de las pantallas digitales, Chartier cree que estas multiplican la cultura escrita. Eso sí: al hacerlo, fragmentan la unidad que el libro representaba. La propuesta de cada autor —ya sea de ficción o ciencia— es ahora mordisqueada a la velocidad del clic y con la avidez del ansioso.

Aunque se lo asocie con la superficialidad y se lo denoste en comparación con los viejos saberes, ese consumo fragmentado y nervioso de productos culturales implica en realidad una permanente negociación entre el mensaje y el receptor de ese mensaje.

El concepto en el que más insiste Chartier es el de "apropiación", entendiendo por tal esa misteriosa construcción de sentido que depende tanto de la comunidad como de cada lector. Difícil de predecir, compleja de explicar. En buen romance: los públicos (tanto del pasado como del presente) siempre pueden —aunque no necesariamente— interpretar un texto (discurso, libro, serie, película) de una manera inesperada. Siempre pueden —aunque no obligatoriamente— leer a contrapelo del mensaje que les quisieron inocular. Ni los medios son omnipotentes ni los lectores-espectadores son esponjas bobas.

El peligro —nos advierte el historiador francés— no radica tanto en el mensaje de los medios como en la fragmentación. En los pedacitos de un texto lanzados a la hoguera de la opinión, produciendo empoderados ocasionales, dispersos, volátiles. En la multiplicación de sentidos que incluso pueden matar todo sentido.

No es apocalíptico Chartier, pero sopla fuerte.

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