Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Brexit or not brexit

Hay que estar atentos al 23 de junio. El resultado del referéndum inglés, que decidirá ese día si permanecen o se van de la UE (conocido como Brexit) puede encender hogueras, y no precisamente para conmemorar la noche de San Juan. Lo que suceda va a repercutir en nuestras costas, aunque ya no sea precisamente en forma de navíos militares seguidos de una caravana de buques comerciales, como sucedió en 1807.

Hay que estar atentos al 23 de junio. El resultado del referéndum inglés, que decidirá ese día si permanecen o se van de la UE (conocido como Brexit) puede encender hogueras, y no precisamente para conmemorar la noche de San Juan. Lo que suceda va a repercutir en nuestras costas, aunque ya no sea precisamente en forma de navíos militares seguidos de una caravana de buques comerciales, como sucedió en 1807.

Ironía de las fechas: fue un 24 de junio, pero de 1806, que Beresford desembarcó en la ensenada bonaerense. Luego cruzaron a Montevideo, en enero del año siguiente, quedándose ocho meses antes de ser definitivamente derrotados. Esa experiencia rioplatense fue parte de la estrategia inglesa ante el boqueo económico continental que les impuso Napoleón Bonaparte. Bloqueo que los empujó mar afuera, con lo cual ampliaron sus mercados asiáticos e hicieron pie en las posesiones españolas en América, territorio que España perdería pronto y que ellos ganarían para siempre, como zona comercial favorable. “Cada vez que el Reino Unido tenga que decidir entre Europa y el mar abierto, decidirá el mar abierto”, sintetizó Winston Churchill en 1944.

Lo que los empuja ahora del espacio europeo son varias cosas. Para los partidarios del Brexit, las decisiones se toman en Bruselas, en el seno de un gobierno europeo que entienden afectado de burocracia y dominado por las estrategias francesas. Inglaterra quiere una industria que produzca barato y las regulaciones de protección al trabajador que impone la UE se oponen a la reducción de salarios. La crisis de los inmigrantes, por su parte, los pone en el ojo de la tormenta, porque las mareas humanas que llegan al Mediterráneo tienen como meca Inglaterra, pero las políticas migratorias las decide Bruselas.

Con los subsidios pasa algo similar: en un momento de disciplina presupuestaria se otorgan ayudas a países que manejan los dineros públicos con mano generosa. Disconformidad nada menor, pues el Reino Unido es el segundo mayor contribuyente neto de la Unión. Los nacionalistas dicen algo soberbio y directo: “no necesitamos a Europa para nada más que para comprar vino y queso”. El editor del Financial Times, Martin Wolf, ha expresado también con claridad el otro punto de vista inglés: “El Reino Unido es un miembro infeliz de la UE, pero no quiere abandonarla. Simplemente preferiría que fuera distinta”. Hay 2.800 empresas alemanas en el Reino Unido y las exportaciones británicas a la UE, aunque han bajado, son el 9% del PIB y representan casi 2 millones y medio de empleos. Europa perdería sin Inglaterra y viceversa. Por lo pronto, el presidente Obama ya se ha manifestado en contra. Sabe que en un mundo que es un polvorín, la salida de Inglaterra resentiría la política exterior y la defensa del espacio europeo, áreas en las que los ingleses son potencia. Tanto por sus armas como por su entrenado cuerpo de diplomáticos y estrategas que -desde los tiempos de Ponsomby- hacen la historia de esta isla-imperio.

Hugo Swire, ministro británico para América Latina, dejó en claro las expectativas de las compañías británicas en la explotación de hidrocarburos en Uruguay, además del natural interés en los negocios Malvinas-Montevideo. Si le sumamos que en la inminente visita del presidente Hollande a Uruguay estará sobre la mesa un posible tratado de libre comercio entre Mercosur y UE… yo ya tengo marcado en mi agenda el 23 de junio.

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