Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Ángela y Juana

El exitoso juego de cartas social Shingeki no Bahamut Genesis también tiene una versión animada. La historia incluye humanos, ángeles y demonios que se tuvieron que aliar para detener a un terrible dragón llamado Bahamut, que casi lleva al mundo a su destrucción. Es de estilo recargado, al gusto de las nuevas generaciones.

El exitoso juego de cartas social Shingeki no Bahamut Genesis también tiene una versión animada. La historia incluye humanos, ángeles y demonios que se tuvieron que aliar para detener a un terrible dragón llamado Bahamut, que casi lleva al mundo a su destrucción. Es de estilo recargado, al gusto de las nuevas generaciones.

Uno de los personajes de esta serie de animación japonesa lleva el nombre de Juana de Arco. Es una “caballera”, viste de armadura, es protegida por los ángeles y muere en la hoguera, por maldad de los poderosos.

La verdadera Juana de Arco murió en realidad por el monóxido de carbono. Como había demostrado habilidad para escaparse y porque decía escuchar voces no humanas que la guiaban, los ingleses quisieron cerciorarse que estaba detrás de la inmensa humareda, desnuda y encadenada. Reavivaron el fuego, para asegurarse que el cuerpo de Juana quedara reducido a cenizas. Estas fueron luego esparcidas por el Sena, para evitar todo culto posterior.

No lo lograron. Desde aquel 30 de mayo de 1431 fue considerada heroína y santa. La Liga Católica la veneró como tal desde el siglo XVI, pero también fue convertida en símbolo cultural por parte de los círculos patrióticos franceses y, durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial, fue emblemática para los Aliados. Una guerrera de 17 años, de larga cabellera, que convierte en victorioso a Carlos VII frente a los ingleses. Una imagen salida como de uno de esos cuadros en los que las mujeres representan alegorías más que mujeres reales: la libertad que guía al pueblo, la república, la justicia.

Angela Merkel no la ha invocado aún, pero quizás pronto la santa guerrera abandone la serie japonesa y aparezca en los discursos políticos europeos. Es que los vientos de profundos cambios ya están golpeando la realidad: “Los tiempos en los que podíamos depender completamente de otros están terminando”. Merkel dijo la frase ante una multitud, a la cual -por si quedaban dudas- le aclaró: “Los europeos tenemos de verdad que tomar nuestro destino en nuestras propias manos”. Luego volvió una vez más sobre la idea y fue aún más rotunda: “Tenemos que luchar por nuestro destino”. Merkel venía de la reunión realizada en la localidad siciliana de Taormina, que culminó sin acuerdo entre Estados Unidos y las otras seis grandes economías del planeta, sobre la lucha contra el cambio climático.

Aquí, en nuestro distraído país, esas manifestaciones públicas de Merkel fueron ligeramente opacadas por la noticia de algún gol, en algún lugar del planeta fútbol. Basta repasar las tapas de los diarios de los últimos días para comprobar cómo se manejó la agenda de medios.

El que sí le brindó atención fue Macron, que llamó abiertamente a una refundación histórica de Europa, para la cual es clave “recomponer la confianza” de la “relación histórica” entre París y Berlín. Sabe que la eurozona corre peligro y con ella, el ideal que -más allá de la unidad y beneficios monetarios-, es su razón de ser. La garantía de la paz (en un continente que protagonizó numerosas guerras, algunas de ellas de alcance mundial); la prosperidad (que sin duda han obtenido) y los valores de la democracia y los derechos humanos (que se caracterizan por tener que ser defendidos in eternum).

Deberíamos estar preocupados.

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