Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Álbum de viaje

La imagen recorrió las primeras planas de varios medios europeos y las páginas centrales de las principales revistas: el presidente Barack Obama en cuclillas, saludando al príncipe Jorge, de apenas dos años y medio, quien -envuelto en una bata y de pantuflas- le daba la mano al ilustre visitante de sus padres, Guillermo de Inglaterra y Kate Middleton.

La imagen recorrió las primeras planas de varios medios europeos y las páginas centrales de las principales revistas: el presidente Barack Obama en cuclillas, saludando al príncipe Jorge, de apenas dos años y medio, quien -envuelto en una bata y de pantuflas- le daba la mano al ilustre visitante de sus padres, Guillermo de Inglaterra y Kate Middleton.

La fotografía ya forma parte del diario del viaje con el que Obama inicia la despedida de sus pares europeos (entrega el gobierno en enero de 2017), y viene de la mano del posible acuerdo comercial con un aliado estratégico al que parecía haber descuidado. Y no me refiero únicamente a la corona que algún día heredará el pequeño príncipe inglés, sino a Europa en su conjunto.

La relación transatlántica que mantienen Europa y Estados Unidos ha sido una larga alianza con altibajos. De la OTAN y el compacto frente mantenido durante la Guerra Fría se pasó en 1989 a la conformación del nuevo sistema internacional posguerra fría. Bill Clinton insistió entonces en expandir la economía de mercado y la democracia liberal, formando una “comunidad de democracias”, fórmula mucho más laxa que la que posteriormente planteó la “doctrina Bush”, con su guerra global contra el terrorismo. En ambos casos quedaba claro que los conflictos derivados de la desintegración del bloque soviético mantenían a Europa como una región prioritaria para Estados Unidos.

Claro que las iniciativas norteamericanas no siempre fueron recibidas de igual manera. Hubo duras discrepancias sobre la guerra de Irak, a la vez que los norteamericanos se quejaban (y quejan) del escaso gasto en defensa realizado por parte de los aliados europeos, contrastante con el 70% del gasto total de OTAN que corre por cuenta de Estados Unidos.

El corolario fue la visión “declinista” de Europa, un continente desprovisto de sus antiguos imperios y en el que los modelos socioeconómicos mundiales ya no se juegan sus espacios estratégicos. Muchos actores políticos e intelectuales norteamericanos cuestionaron entonces la vigencia de la vieja alianza atlántica, visión alimentada por la aparición de nuevas potencias y por la crisis económica que obligó al continente a una resistida política de austeridad. El propio Obama se mostró muy permeable a ese cambio de centro político, cuando se autodefinió como el primer presidente estadounidense del Pacífico, o cuando faltó a la Cumbre de Relaciones Transatlánticas de Madrid del año 2010. Muchos observadores europeos lo consideraron entonces como uno de los presidentes norteamericanos “menos europeo”.

En los seis años que han transcurrido desde esa notoria ausencia de 2010, la crisis económica dejó en claro que la situación del viejo continente podía ser motivo de inestabilidad mundial; los avances rusos revelaron que las viejas amenazas podían regresar. El aluvión de refugiados procedentes de los países en guerra; los ataques de Estado Islámico en capitales europeas, la posibilidad del Brexit que separe a Gran Bretaña de la Unión Europea, todo alimenta los tres fantasmas que recorren Europa: los populismos (el de extrema derecha ha tenido en estos días un resonante triunfo en Austria), los nacionalismos y la xenofobia.

La mano tendida del pequeño príncipe en bata fue un momento de remanso, en medio de un viaje que escenificó la actual política europeista de Obama. El tiempo dirá si fue pertinente o llegó con retraso.

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